Tiempo, necesitaba más tiempo. Pero ¿qué se suponía que era el tiempo? Cada momento que pasaba era tiempo perdido, pero ¿podía hacer algo para impedirlo? No parecía haber ninguna forma de pararlo, se movía solo y no obedecía a nadie ni nada. Y él, lamentablemente, lo necesitaba con mucha urgencia. Demasiada, quizás. Lo necesitaba porque se estaba muriendo. Pero ¿qué hacer? A todas las personas a las que había interrogado a este respecto no habían sabido decirle siquiera una definición, mucho menos cómo vencerlo. Y se suponía que esto no podía pasarle: él era inmortal. Debería de ser de los pocos que pudiera pararle los pies a esta prepotente amenaza, pero no tenía ni idea de cómo. Estaba volviéndose loco. El dolor le carcomía por dentro, le destrozaba. Finalmente, tras mucho buscar, encontró algo importante. Descubrió que el tiempo y la velocidad estaban ligados entre sí. Estaban tan ligados que siempre debía mantenerse un equilibrio entre ellos. Cuanto más rápido te movías, más lento parecía transcurrir el tiempo y viceversa. Parecía que este se dilataba, cedía ante tu velocidad. Pero a él no le bastaba con ralentizarlo: él quería erradicarlo. Si lo ralentizaba, significaría que un día tendría que morir. Pero, en cambio, si el tiempo dejaba de existir, sería verdaderamente inmortal. Tendría por fin aquello que le habían prometido y que tanto anhelaba. Entonces tendría que llevar esa velocidad al extremo. Si lo hacía, posiblemente lograra lo que se proponía.

Por lo que se puso manos a la obra y estudió cómo se habían logrado acelerar los objetos a lo largo de la historia. Corrió, fabricó motores, se montó en coches, aviones, incluso vio aceleradores de partículas. Pero nada le bastaba. Todo se acercaba cada vez más a detener el tiempo, pero nada parecía lograr llegar a ese parón que tanto buscaba. La parca le estaba empezando a reclamar, la sentía cerrar sus dedos en torno a su garganta y susurrarle al oído: “Pronto, no te preocupes. Me tomaré mi tiempo”. Debía hacer algo y debía hacerlo ya. Se desintegró en polvo y se dejó llevar. Se fundió con la misma tierra. Era el viento, era el agua, era la energía… De esta manera era imposible que tuviera que ir al otro lado. Era imposible morir. Pero, sorprendentemente, una fuerza invisible le sacó de ese estado de conexión con el todo. Había… ¿muerto?

Ilustración por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)

No, no. ¡Se negaba a aceptarlo! Después de todo el esfuerzo que había realizado, había estado tan cerca de lograrlo. No podía ser. Pero ¿qué más podría haber hecho? ¿Cómo se suponía que iba a acelerar más? Entonces se le llevó frente a la muerte, la cual parecía estar genuinamente sorprendida por su presencia: 

—¿No puede ser? ¿Pero acaso no ibas a parar el tiempo? Yo ya daba tu alma por perdida. Parece ser que otra vez le vuelvo a deber una. Es verdaderamente impresionante. Ni siquiera tú lo has podido parar. Bueno, supongo que ya hemos zanjado el asunto. 

Le despachó con un gesto de la mano y él se dio cuenta de que no tenía voz para responder. Se había quedado mudo. Estaba a punto de irse, cuando apareció. El tiempo. Y con una gran imponencia, le susurró al oído:

—Soy imparable, lo quiera o no. Pero también estoy encadenado a la eternidad. Estoy encadenado al perpetuo movimiento. Yo soy todo lo que ha sido, es y será. Estoy ligado a ello. No puedo tener historia propia. No puedo vivir, no puedo ser, solo puedo seguir. No sé si tú pensaste en eso. Yo no quería detenerte, no quería oponerme. Pero así es para todos. El tiempo que hay es el que es. Y yo no puedo cambiarlo. Lo único que puedo hacer es aconsejar que se gaste sabiamente. Si los últimos momentos de tu vida lo hubieses pasado de otra manera, y no desesperado, negando la realidad, lo mismo ese sentimiento que tienes ahora sería bastante distinto. No te sentirías tan miserable. Supongo que ya es demasiado tarde, pero bueno, creo que tenías tu derecho a saber las cosas tal y como son antes de reposar perpetuamente. Que tu descanso sea apacible. 

Se inclinó y se fue en una nube de humo, dejándole con la boca abierta. Sus palabras… supo que las recordaría por mucho, mucho tiempo.


Texto por DIEGO DEZA (4ºB ESO)
Ilustración por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)

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