Si te pregunto cómo es una mujer femenina, seguramente tengas una respuesta parecida a esta: pelo largo, vestidos, colores vivos… Esto no es una simple coincidencia: al fin y al cabo todas hemos crecido viendo a las princesas Disney. Pero ¿qué ocurre cuando crecemos y nos damos cuenta de que estos estándares son limitantes e inalcanzables?
La feminidad nace de una construcción social en la cual se tienen en cuenta diferentes estereotipos sobre la apariencia y comportamiento de la mujer. En el medievo, se consideraba que una verdadera dama debía ser delgada, ya que se admiraba la alimentación moderada como virtud religiosa. También estaba bien visto tener una tez pálida; era señal de que la mujer pertenecía a una clase alta y no necesitaba trabajar en el campo. De hecho, las mujeres victorianas utilizaban arsénico como tratamiento para lograr una piel suave y pálida, sin ser conscientes de los problemas de salud que esto conllevaba.
A medida que la sociedad evolucionó, los estándares también. Por ejemplo, en el siglo XIX las mujeres redujeron muchísimo el uso del maquillaje porque se asociaba a la prostitución y vulgaridad.

Actualmente, en pleno siglo XXI, los estándares de belleza cambian bruscamente en un abrir y cerrar de ojos. Esto se debe a que vivimos en una sociedad de consumo en la cual los medios de comunicación buscan desesperadamente llamar nuestra atención con nuevos productos cada semana. Lo que consiguen es que los espectadores permanezcamos en una carrera para alcanzar esa versión perfecta de nosotros mismos; esa versión que nunca llega porque el cuerpo humano no está hecho para ser bello, ni mucho menos perfecto, sino para permitirnos experimentar la vida.
En redes se distorsiona de manera artificial el cuerpo humano utilizando filtros y demás herramientas. Si reflexionamos un poco, nos damos cuenta de que nuestro deseo es parecernos lo más posible a un filtro de TikTok, y muchas personas hacen lo que sea por conseguirlo. ¿Sabías que en 2020 los estadounidenses gastaron más de nueve millones de dólares en cirugías plásticas? Lógicamente, cada uno es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo, pero ¿es realmente una decisión libre o está condicionada por presiones estéticas impuestas por la sociedad?
Además, las cirugías son accesibles para un grupo de personas limitado. Vemos a miles de cantantes tomando Ozempic o retocándose con bótox; cada mes hay una nueva cirugía que se realizan para nunca envejecer, quizás por un miedo inconsciente a la muerte.
Otro de los problemas que enfrentan la mayoría de artistas en la industria musical es que las mujeres deben hipersexualizarse y verse perfectas, como muñecas de porcelana. Se aplauden estas actitudes disfrazándolas de libertad sexual, pero son términos completamente distintos. La sexualización de la mujer se refiere a la objetivación de sus cuerpos, donde a menudo se las reduce a un objeto de deseo sexual, mientras que la libertad sexual trata de la capacidad individual que tenemos para decidir sobre nuestra orientación sexual y relaciones.
He hablado de la industria musical, pero esto se extrapola a otros ámbitos sociales.
Por ejemplo, ¿nunca has escuchado cómo alguien comenta el aspecto físico de una presentadora de televisión, pero no dice nada al respecto del presentador? Esto crea problemas en el valor personal de la mujer ya que solo se valora su físico y en mayor o menor medida su éxito depende de su aspecto.
Espero que hayáis entendido el mensaje y, como conclusión, me gustaría decir que este problema no es tan simple como decidir si maquillarte o hacerte una cirugía plástica, sino que el verdadero enigma es si lo hacemos desde la libertad de sentirnos bien con nosotras mismas o para agradar a una sociedad que en ocasiones nos trata como marionetas.
Texto e ilustración por MARINA OLIVARES (4ºA ESO)





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