Dicen que los dioses no aman como los mortales. Que somos eternos, inmutables, incapaces de rompernos. Qué ironía. Yo, hija de titanes, estoy hecha de ruinas.

El mar me lo había dado todo: una isla inmóvil, un horizonte sin principio ni fin, siglos de silencio, siendo mis únicos amigos el mar y el sol. 

Creí que la soledad era mi condena… hasta que llegó él. Odiseo. Con la sal en los labios, el corazón hecho añicos y la mirada de quien ha visto las más grandes tragedias suceder.

Oh, yo nunca supe lo que el amor podía hacer, ni las distancias que recorrería por él. No hasta que lo vi mirarme con los ojos llenos de cansancio, y aun así… elegir quedarse. No por mí. Por descanso, por no morir.

Lo observaba dormir. Contaba el ritmo de su pecho como si fuera una plegaria. Memoricé todas sus pecas, todas sus cicatrices. Observaba como su pelo se volvía poco a poco plateado como la luna, fiel recordatorio de que no le quedaba mucho tiempo. Que no nos quedaba.

Y en esas noches interminables entendí que amar, para los mortales, es perder. Pero para los inmortales… amar es esperar. Eternamente. Sin garantías. Sin final.

Sostuve entre mis dedos su recuerdo, ese pedazo de humanidad que me dejó. Intento agarrarme a su rostro como si fuera el cabo que evitara que mi barco se hundiera.

Ilustración por JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)

Sí, había logrado todo lo que quería, pero no lo que necesitaba.

Noté cómo las lágrimas bajaban caudalosa­mente, libres y feroces, como su voz lo fue en su despedida.

Me había dicho a mí misma en numerosas ocasiones que él no significaba nada. Que lo nuestro nunca había llegado a ser algo. Sin embargo, cada vez que se acercaba, cada vez que me miraba, sentía como algo se derretía en mi interior. El mar, transparente y tranquilo, se opacaba ahora por sus mentiras, amenazando con tirarme del barco y perderme en la corriente.

Entonces, por fin lo entendí: estaba tan enamorada que no podía dejarle ir. No, no soportaría ver su corazón latir por otra, ni sus ojos idolizar a alguien que no fuera yo.

¿Era amor? ¿Era obsesión? Daba igual; era una jaula que yo misma estaba construyendo. Y aun sabiendo que era cruel, no quería soltar la llave. Sabía que no era justo, que mis manos querían arrancar las alas que tanto había amado. Pero la idea de perderlo dolía más que cualquier pecado. ¿Qué clase de monstruo pensaría en encerrar un corazón? La respuesta no importaba; yo lo haría. Porque amarlo era mi forma más cobarde de no morir. 


Texto por IRENE CALVO (2ºB BACH)
Ilustración por JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)

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