Lo ves coger el instrumento. Primero lo admira, lo ensalza. Pero no es como tú. Él lo coge sin dudar, sin esa reverencia que merece un objeto tan maravilloso. Aun así, cuando empieza a tocar, las notas no son arrancadas a la fuerza. Son armoniosas y cuidadas. Justo aquello que llaman música. Esa melodía tan ordenada que todos aman de una forma u otra.

Tú antes eras capaz de hacer eso. De convencer a tu instrumento de que cantase las notas adecuadas en el momento preciso. Te hacía volar y sentirte invencible, pero ya no puedes. No desde el accidente. Ahora solo les arrancas lamentos y sollozos a esos instrumentos que en su día eran tus compañeros de mil batallas. Has perdido tus habilidades, ya no eres cuidadoso ni persuasivo, cada nota es un suplicio y solo te queda añorar aquello que una vez fuiste.

Recuerdas cuando recorrías el mundo de su mano, cuando tu música era incomparable con nada visto anteriormente. Hacías llorar al más fuerte con los acordes de tu piano y curabas a los enfermos con las notas del violín. Era miel para los oídos y néctar incluso para el más aborrecible de los gustos.

Lo ves tocar, y aunque el sonido no es como está condenado ahora a ser el tuyo, ves cómo sufre el instrumento, llora por dentro. Suena bien, pero eso no hace más que fastidiarte. No aguantará un solo año en las manos de aquel donnadie.

Lo trata mal, como si el músico fuese superior a su instrumento. No lo entiende. Es un arte que han perdido todos, ahora el hombre siempre está en la cima de una pirámide que no existe. Ahora solo les arrancas el grito adecuado para crear música, mientras que antes se los persuadía, los convencías de cantar una nota tras otra. Tal como haces tú, tal como formabas esos acordes que encandilaban a todos. Nunca fue por el estilo de música, era tu habilidad para convencerlos de sonar lo que hacía buena una de tus canciones.

Sigue tocando y tocando. No se da cuenta de tu presencia, apenas una sombra tras el telón. La gente lo mira con asombro, tal como te miraban a ti. Como si la música fuese la misma. Pero no lo es. “La tuya es mejor”, te repites. Tu eras un grande en este mundo, siempre lo fuiste. 

Siempre, hasta ese maldito accidente.

Sientes que la pieza llega al final. Que el público se está preparando para aplaudir. La pieza está en su momento culmen, tres melodías distintas entrelazadas luchan por ser elegidas. Es algo que podrías haber compuesto tú, te fastidia no haberlo hecho. Es una pieza espléndida, digna de tu música. Un crescendo fulminante antes de que se rompa la tensión.

Ilustración por JIMENA PEDRERO (3ºC ESO)

Solo tú lo ves, solo tú ves que el instrumento no lo aguanta. Está en un grito silencioso y constante de agonía. Si la pieza no acaba ya, se romperá. Sin embargo, antes de llegar a ese punto, la nota final estalla y todos irrumpen en aplausos.

Los músicos se recrean en la ovación y salen uno a uno del escenario, como si fuesen una versión tuya distorsionada, como cuando aprendiste a componer y tocar. No los sigues, te quedas esperando a que se vacíe todo, a que las luces se apaguen para acercarte al pobre instrumento. Das un paso. Dos. Y antes de dar el tercero te detiene una voz. Es el músico, el que has estado observando todo el concierto.

–Has tardado en aparecer —sonaba decepcionado, como si hubiese esperado más de ti. Como si hubieses recibido una nota que te citaba allí con aquel desconocido.

—¿No te ha gustado acaso? Era una pieza magnífica —parecía decepcionado por tu falta de respuesta. Como si tu validación fuese algo de suma importancia, como si aún pudieses tocar y fueras el grande que eras antaño.

Algo en tu cara te delata. Lo sabes, lo notas. Ves su cara cambiar, adoptar esa expresión que tenía justo al empezar a tocar. Sin embargo, esta vez hay algo distinto, algo que sientes por la ausencia de otra cosa. Algo similar a la pena. A la compasión.

—¿No lo sabes aún? ¿Acaso no te has dado cuenta?

—¿Cuenta de qué? No hay nada que ver, es solo otra obra más —mientes con todo el descaro del mundo, como si fuese lo más normal para ti, como si no te carcomiera por dentro no haberla compuesto tú. Pero no importa lo que digas, ni tú te crees eso. Ni tú, ni aquel desconocido.

—Es una pena, fue tu primera obra y tu primer concierto. ¿No te reconoces tocando tu propia pieza? No hemos cambiado tanto, solo nos separan un par de años, pero supongo que es suficiente para hacer olvidar a alguien. Sobre todo a nosotros.

No lo entiendes. No sabes que te está diciendo. Tú nunca fuiste así, siempre fuiste cuidadoso. Nunca fallabas. Eras el mejor, lo serás siempre. Sabes que has sido destinado a ser recordado, a ser el mejor músico jamás visto.

Lo escuchas resoplar, como si estuviera harto de ti. Como si fueras un crío con un berrinche.

—No creo que haga mal que te lo digan si aún no te has dado cuenta.

Odias que te hablen así. No lo soportas. Como si no te dieses cuenta de algo que está justo ante tus narices. Como si estuvieses ciego.

—¿Qué es lo que no sé, entonces?

—Que te estás viendo a ti mismo cuando empezaste. Que estás muerto. Estás muerto y cambiaste lo que más querías por la fama y la eternidad. Cambiaste tu música por el recuerdo y ahora lo tienes que pagar.


Texto por JULIA RESANO (1ºB BACH)
Ilustración por JIMENA PEDRERO (3ºB ESO)

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