Simplemente un cervatillo, en el bosque o en el campo. Sigue siendo un cervatillo, indefenso y que merece cariño. Pero estoy aquí, con un arma en la mano, tengo que mirarle, tengo que observarle antes de quitarle la vida con un movimiento, quitándole todo lo sano.

Pero me mira, con ojos oscuros como la noche, recorriendo mi alma ya sombría. Siento cómo me reta, cómo tienta mi fuerza, cómo se acerca, aceptando ser la presa. Pero ¿cómo matarlo? Está solo, sin nadie que le defienda, así de fácil era cazarlo. Pero mi mente oscura, desde el fondo del silencio, no ve el momento de manchar el verde suelo con un tono rojo.

Ilustración por JULIA GALLARDO

A la vez que lo hago, esa criatura me refleja en sus ojos. Somos iguales, solos, en manos de la naturaleza. Escondiéndonos para encontrar algo bueno en la alta maleza. Pero uno tiembla, y no es el ciervo, ni mi pelo que se mueve con el viento. Son mis manos, mi alma ya sin vergüenza, que está aquí apuntando a una presa indefensa. Soy un monstruo, y mi propia mente lo sabe. 

Pero ¿qué importa? No hay jabón suficiente en el mundo para que mi sucia mente y alma se lave. El ciervo se acerca, me mira con recelo, pero no se aleja, ni de mi arma se queja. Tan solo escucha, observa, analiza, me desmonta cada pieza. Sabe qué es lo que voy a hacer y no se espanta, y eso, a mí, debería, pero no me amansa. 

Un segundo, un solo segundo pasa, escucho un gruñido, y no es el de una panza. Es un gruñir y de repente rápidas pisadas, largas, constantes, parece una manada. Pero en un instante me doy cuenta, el cervatillo no va solo, él sí tiene una familia después de todo. 

Me giro, rápidamente y sin cuidado. En ese momento veo a más de uno, enfadados. Más de un ciervo corriendo hacia mi ser. De forma más cierta son adorables, a mi parecer. Pero en un segundo soy arrollado, una o dos cornamentas me empujan, mi arma olvida ya que soy atacado. Me pisan, berrean con la bestialidad de una mirada fría, miro al cervatillo, su madre se reune con él, resulta no ser más que una cría.

Lo observo, respiro, me siento cansado, él nunca estuvo solo, yo lo había olvidado. Él tiene un sitio al que volver, mil y una caricias, yo caigo aquí rendido, bajo esta milicia de ciervos que, con solo uno, me ha hundido.


Texto por AINOHA RENGIFO (1ºA BACH)
Ilustración por JULIA GALLARDO (1ºA BACH)

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