Camino por la misma costa que me ha visto crecer. Las olas chocan violentamente a mi paso, mientras el sol sangra en el cielo, su roja sangre, difuminándose con la noche entrante. Debían haber pasado once, quizá doce años desde la primera vez que vine. El tiempo pasaba rápido en todas partes, menos aquí. Doñana parecía estancada en el tiempo, cambiante, pero casi siempre igual. Volver significaba recordar.
Intento alejar mis recuerdos, épocas pasadas acarrean dolor, añoranza. Sin embargo, el futuro aún está por llegar. Las gaviotas me sobrevuelan, buscando un lugar para la noche que amenaza saliendo. Quizás debería hacer lo mismo, pero mis pasos me traicionan; avanzo hacia un ocaso inalcanzable. La marea, de resaca, arrastra aquello que se interponga en la costa, tambaleándome a cada paso que doy. El olor a salitre me ahoga.

El reloj me traiciona, seguramente han pasado horas desde que comencé a caminar, pero no encuentro manera de saber exactamente ni donde ni cuando estoy. Mi vista cansada consigue ver una roca donde sentarme, con eso servirá. Descubierta por la mar, estaba rodeada de un pequeño charco, quizá hecho por la bajada de la marea. El Atlántico se abre frente a mí, sin horizonte, libre. El sol me ciega, su brillo dorado, alumbra por última vez la costa. Mañana, como todos los años, tendré que volver a casa, y dejar este momento como un recuerdo más.
El agua tiene memoria. Una leve mirada hacia el charco a mi alrededor me muestra la imagen de la niña que una vez fui. No pienso normalmente en ella, pero el mar la sigue recordando. Incrédula la observo, su mirada inocente se clava en mí. Su rostro no ha cambiado desde que yo cambié; su pelo, liso y corto se mueve con las pequeñas olas. ¿Cuándo he llegado a cambiar tanto?

Ni siquiera nuestro color favorito es el mismo; a ella le fascina el azul del mar, mientras que yo amo el color de las hojas. Sin embargo, es ese brillo en sus ojos lo que me recuerda que ella también soy yo. ¿Quizá la ocultaba? ¿Su recuerdo me avergonzaba? Es normal, supongo. Ella era un poco patosa, incluso sabía que muchos la tacharon de rara. Durante mucho tiempo me había esforzado por dejar atrás a aquella niña, había cambiado, había crecido. Sus memorias quedaban escondidas en un polvoriento rincón de la mente. Pero el mar la seguía recordando, porque jamás podría huir de mí misma, ni arrancándome la piel. Sin embargo, ¿se puede culpar a una niña de todo lo que me ha pasado? De todas formas, ella tenía los sueños que hoy he cumplido, las ilusiones que sigo manteniendo, y las decepciones que he conseguido superar. Y es que al fin y al cabo, yo solo era una niña.

Una ola, con violencia, borra la imagen de quien fui, de quien soy. Los últimos hilos de oro acarician mi piel, mientras una lágrima se une al inmenso mar. El Atlántico se hunde en la oscuridad, mientras que mis pensamientos vuelven a ella. No puedo huir más de quien fui, ni de quien puedo ser. Tampoco puedo volver a ser ella. Un zumbido a mi lado despierta mi atención a un pequeño junco; una pequeña libélula se desprendía de su pupa, preparándose para alzar el vuelo. A lo mejor tenía miedo, nunca había volado, ni siquiera había estado jamás en tierra firme, pero el insecto desplegaba sus alas, secándose al sol. Había completado su metamorfosis. Solo quedaba un paso: volar.
Un último rayo de sol se refleja en el mar, mientras la marea, ya adormecida, retrocede con calma. Esa libélula estaba lista para volar.
Doñana es símbolo del recuerdo.
Texto y fotografías por ESPERANZA PÉREZ (ALUMNI)





Deja una respuesta