Levanté la cabeza y le miré. Sus ojos, antes vivaces y llenos de energía, tenían unas ojeras por debajo, que hacían que su mirada pareciera la de un anciano. Le acaricié la cara suavemente. Mi mano, rugosa y con callos, se entrelazó con la suya, lisa y suave. Se la apreté firmemente y empecé a correr con él detrás. Corría, movía las piernas sin pensar. Al poco tiempo me perdí entre el laberinto que antes era mi ciudad. Las calles estaban llenas de escombros y tuve que improvisar la ruta ante la imposibilidad de pasar por ciertos sitios. De repente oí un jadeo y me giré.
—¡Vamos hijo! —le insté.
—Papi, ¿qué pasa? —dijo con un tono de preocupación en su voz.
—Nada hijo, tú sigue corriendo —dije, rompiendo una de las pocas reglas de vida que me había autoimpuesto años antes: mentirle. A él.
Resopló e intentó aguantar la carrera, manteniendo el ritmo. Me preocupé de que fuera demasiado duro para él. Al fin y al cabo era solo un niño. Paré. Me detuve. Teníamos que descansar. Pero era impensable el mero hecho de quedarse sin hacer nada, así que me metí en el edificio más cercano y encendí mi móvil a ver si podía contactar con alguien. Resulta que no había cobertura, así que no podía avisar. Cuando volví con él y le pregunté si estaba listo para seguir, me preguntó:
–Papi, ¿adónde vamos?
–Lejos, nos vamos lejos, pequeñajo. Lo máximo que podamos –respondí.
–Pero papi, ¿por qué nos persiguen? ¿Y qué ha pasado aquí fuera? –volvió a preguntar señalando a la calle.
Maldije la curiosidad de los niños y sus deseos de saber los motivos que había detrás de cada acción.
–Luego te lo explico, ¿vale? Ahora sigamos –dije, revolviéndole el pelo.
Y corrimos, corrimos como nunca lo habíamos hecho. Cuando él se cansaba, yo le cogía en brazos un rato y seguía en movimiento. Pasada la media hora dejé de sentir las piernas. Aun así, seguí.
–Papi, no… no puedo más. Ni corriendo ni en tus brazos. Tengo hambre. ¿Cuándo vamos a llegar?
– Hijo, no es tan fácil. No podemos parar de nuevo así como así. ¿Estás seguro de que es imprescindible que descansemos ahora? Piénsalo – dije, conociendo demasiado bien la respuesta que se avecinaba.

Mi hijo asintió con la cabeza, dando a entender que no malgastaría ni su voz. Y nos paramos otra vez. Más tiempo perdido. La primera vez no había podido verle seguir sufriendo, la segunda había sido él el que había apurado y sufrido. Y, a pesar de todo, seguía sin ser suficiente. Los oí pasar por la calle paralela. Nos atrapararían. Lo conseguirían. Era cuestión de tiempo. Y no podía hacer nada. Entonces, rompí a llorar. Lágrimas desenfrenadas corrieron por mis mejillas, dejando un rastro complicado de olvidar y llegando a mi boca, la cual llenaron de un sabor salado y agridulce al mismo tiempo. Cerré los puños con fuerza, deseando no haber sido tan estúpido en su momento.
–Papi –murmuró–, no estés triste.
–Lo-lo sien-to –tartamudeé–. Pero no vamos a lograrlo, hijo.
–Papi, no sé por qué nos siguen, ni por qué huimos, pero sí que lo haremos. Como Mario, él siempre derrota a Bowser –dijo, representando la escena con las manos.
Reí, derrotado, y me maravillé ante la ingenuidad de los niños.
–Además, yo tengo algo que ellos no tienen –dijo sonriéndome.
Por un momento pensé que había logrado robar las tarjetas de seguridad, o incluso un arma para defendernos. Le miré y le dije:
–A ver, ¿qué tienes?
–Te tengo a ti, papi.
Y entonces terminé de romperme. Me derrumbé, como cuando el viento azota a los puentes y estos colapsan, dejando solo sus restos.
Entonces me odié a mi mismo. Me odié por haber tenido que mentir en su momento, aún pensando que era lo correcto. Me odié por haber tenido que separarme de ella, y me odié porque lo único que me quedaba de ella era ese niño que ahora me devolvía la mirada con una chispa de esperanza que yo jamás podría igualar. Me odié por pensar que mi vida era solo mía, cuando pertenecía también a mi hijo. Me odié porque lo mejor que me había pasado en la vida era justo él, y quizás yo no había sabido valorarlo como era debido.
Y con voz temblorosa pero convencida le dije:
–Sí hijo, sí. Me tienes a mí. Eso no lo dudes nunca.
Texto por DIEGO DEZA (ALUMNI)
Ilustración por PAULA SASTRE (2ºB ESO)




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