Debería estar dormido ya, pero mis ojos se niegan a cerrarse. Mis pasos me arrastran hacia la Gran Galería, el eco de la tierra bajo mis pies es ensordecedor. La luz de mi antorcha se abría paso en aquella pequeña cueva, sorprendiendo a los animales pintados en la pared. Recorro la misma galería que mi padre, y que su padre antes que él. El incienso, aún fresco, inunda el ambiente. Los rituales de enterramiento terminarían pronto; dos lunas habían pasado ya desde la muerte de ese gran cazador, a quien alguna vez llamé padre.
Yacía inerte, entre azagayas y flechas, los mayores honores custodiados por sus pasadas presas. Al movimiento de mi antorcha, los bisontes parecían aún correr por la roca. Nunca lograría ser el cazador que él hubiera esperado; tampoco quería serlo. Su rostro pálido se había llevado mis lágrimas, pero no me invadía la tristeza. Varias lunas habían pasado desde que lo sentí por primera vez, incapaz de explicarlo.
Todas las grandes leyendas acaban muriendo alguna vez; ni mi padre, ni el suyo, eran excepción. Las grandes montañas acababan desplomadas, los ríos se secaban, e incluso el árbol más fuerte ardería en su momento final. Las pinturas de esta cueva siempre lo decían: todo cambiaba; los animales e incluso la forma de pintarlos.

Miraba a mi padre y veía mi futuro, y el pasado de su padre. Quizá podría ver incluso el futuro de mis hijos. No había espacio suficiente para la memoria de todos; su legado, el mío, incluso el de mis hijos sería arrastrado por la virulenta marea del tiempo. La fugacidad de la vida (de todo, por extensión) duele incluso al bisonte más fuerte. No hay nada a lo que agarrarse en el oleaje temporal.
Mis pasos me traicionaban, salía de aquella oscura cueva para adentrarme al exterior. Muchos depredadores salían con la noche, pero no importaba ya. Impasible ante la muerte, me declaraba testigo del mundo que se abría ante mí. Si todo era efímero, nada importaba realmente.
Contra la oscuridad del paisaje, el cielo nocturno brillaba con fuerza. Las historias sobre aquellos puntos dorados volvían una vez más a mi mente, mientras una lágrima se me escapaba. Esas eran las historias que le contaba a mi hijo, las historias de mi padre. Y de su padre. El silencio se hizo ensordecedor. En un mundo efímero, ellas, desde lo alto, observaban atentamente la historia pasar. Escuchaban nuestras historias y las hacían suyas.
Estrellas, solo veía estrellas. En un mundo imperfecto, perecedero, ellas, en su mundo, retrataban lo que nunca podríamos llegar a ser, lo que anhelábamos ser; eternos.
La noche se adueñaba de la vetusta región, pero una vela, incansable, se alzaba contra la oscuridad. Una pequeña estrella alumbraba a una mente que, por primera vez, se atrevió a dudar del mito.
Aún no lo sabía, pero en el cielo las estrellas eran testigos de un acto de rebeldía que marcaría la historia. Y con un por qué, la filosofía brilló en el cielo de la humanidad.
Texto por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Ilustración por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)





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