La programación está presente en casi todo lo que usamos hoy, y para mí, personalmente, es una combinación de ciencia, arte e ingeniería que me interesa muchísimo por varios motivos. Para empezar, es lo que permite que un ordenador haga cualquier cosa que podamos imaginar: desde jugar a videojuegos hasta manejar coches de forma autónoma, pasando por el análisis de datos y la automatización de tareas complejas o repetitivas. Al final, todo se basa en unos y ceros que podemos organizar según el programa que escribamos, y con ellos crear verdaderas obras maestras. ¿Quién se podría imaginar que, en algún momento de la historia, pasaría algo así de importante para la humanidad?

El origen de la programación no está en los ordenadores modernos, sino en una máquina creada en 1801: el telar de Jacquard. Funcionaba con tarjetas perforadas que indicaban qué hilos levantar para formar patrones en la tela. Era como darle instrucciones a la máquina, y eso permitía crear diseños complejos sin necesidad de hacerlo manualmente. Esto permitió que cualquier persona, incluso sin experiencia o habilidad manual, pudiera fabricar telas con diseños preciosos y complejos, revolucionando la industria textil.

Ilustración por CARLA MONTERO (4ºB ESO)

Décadas después, entre 1842 y 1843, Ada Lovelace, una matemática británica e hija del poeta Lord Byron, tradujo las notas de Luigi Menabrea sobre una máquina teórica llamada la Máquina Analítica. Pero no se limitó a traducir: añadió sus propias ideas sobre cómo esa máquina podía ejecutar instrucciones paso a paso. En esas notas escribió lo que hoy se considera el primer programa informático. Aunque la máquina nunca se construyó, Ada entendió que no solo podía hacer cálculos, sino también seguir una secuencia lógica. Eso fue, en mi opinión, uno de los mayores avances tecnológicos de la historia.

A finales del siglo XIX, Herman Hollerith retomó el concepto de tarjetas perforadas para procesar el censo de Estados Unidos. Su máquina tabuladora automatizaba el conteo de datos, lo que ahorró tiempo y recursos. Fue una aplicación práctica de la programación, aunque aún no existían los ordenadores tal como los conocemos. Se podría decir que fue una “programación análoga”, utilizada no en un entorno industrial como el telar de Jacquard, sino en un contexto político. Este hecho es muy interesante, ya que, si hubiera fallado, se habrían perdido datos valiosos y mucho tiempo en el censo.

Con la llegada del siglo XX, la programación empezó a tomar forma como disciplina. En los años treinta y cuarenta, Alonzo Church y Alan Turing propusieron modelos teóricos que definían cómo una máquina podía ejecutar instrucciones. Church desarrolló el cálculo lambda, y Turing diseñó una máquina abstracta capaz de resolver cualquier problema computable. Estas ideas ayudaron a entender qué significa programar desde un punto de vista lógico. Pero Turing no se quedó en la teoría. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en Bletchley Park para descifrar los mensajes codificados por la máquina Enigma, utilizada por el ejército alemán. No fue él quien la creó, sino quien logró romper su código. Gracias a su trabajo, los aliados pudieron anticiparse a los movimientos enemigos, acortando la guerra y salvando miles de vidas.

Y, por fin, llegaron los primeros ordenadores electrónicos en los años cuarenta y cincuenta. Esto trajo consigo los primeros lenguajes de programación. FORTRAN, creado en 1957, se usaba para cálculos científicos. COBOL, en 1959, se enfocó en tareas administrativas. LISP introdujo la programación funcional. Estos lenguajes permitían escribir instrucciones más claras que el lenguaje máquina, lo que facilitó enormemente el trabajo. En aquella época, la programación se utilizaba principalmente para el trabajo, no para crear juegos u otras “pérdidas de tiempo” como hoy en día (guiño, guiño).

En los años setenta, el lenguaje C se convirtió en un estándar para sistemas operativos. Simula introdujo la programación orientada a objetos, y Prolog, la lógica computacional. En los ochenta, lenguajes como C++, Ada y Perl promovieron la modularidad y la reutilización del código. En los noventa, con la llegada de Internet, aparecieron Java, JavaScript, PHP y Python, que facilitaron el desarrollo web y móvil. Estos últimos lenguajes, exceptuando PHP, son la base de muchísimos programas que usamos hoy en día. Por poner un par de ejemplos: Minecraft, el juego con más copias vendidas en la historia de los videojuegos, fue creado en Java; y Netflix, una de las plataformas de streaming más utilizadas hoy en día, fue desarrollada en JavaScript.

Desde el año 2000, la programación ha seguido evolucionando. Han surgido lenguajes como C#, Go, Swift, Kotlin y Rust, pensados para mejorar la seguridad, el rendimiento y la facilidad de uso. También se han creado lenguajes como Scratch, diseñados para enseñar a programar desde cero, incluso a niños. De hecho, aunque Scratch parezca un sistema muy básico, investigando he podido observar que existen programas que permiten recrear juegos ya existentes casi a la perfección, o incluso establecer conexión online entre dispositivos, utilizando únicamente bloques de código. Eso, en mi opinión, es completamente fascinante, y creo que el autor de este proyecto es una persona brillante (ya me gustaría a mí poder hacer cosas parecidas).

Hoy, programar es una habilidad clave en casi todos los sectores de nuestra vida. Nos permite automatizar tareas, analizar datos, crear experiencias interactivas y construir sistemas complejos, además de entretenernos o incluso ayudarnos a nivel médico o biológico. De hecho, la biomedicina es una disciplina clave hoy en día gracias a ello. La evolución de la programación no solo refleja avances tecnológicos, sino también cómo hemos aprendido a comunicarnos con las máquinas de forma cada vez más precisa, apoyando también un futuro en el que los trabajos más complicados —como mineros o pescadores en alta mar, empleos físicamente exigentes que se cobran miles de vidas cada año, especialmente este último— sean mucho más fáciles de realizar y, obviamente, supongan un coste humano infinitamente menor.

Para finalizar, solo me queda decir algo que tengo grabado a fuego en mi mente: aunque el código se escribe en líneas, su impacto se extiende en todas direcciones. Programar no es solo dar órdenes a una máquina: es imaginar futuros posibles. Desde el telar de Jacquard hasta los robots autónomos, la historia de la programación es, en esencia, una historia tejida en código.


Texto por MARIO TORDESILLAS (4ºB ESO)
Ilustración por CARLA MONTERO (4ºB ESO)

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