No nací bruja.

Me convirtieron en una cuando decidieron que mi voz era demasiado fuerte, mi mirada demasiado directa y mis manos demasiado hábiles para la libertad que una mujer debía tener.

El fuego ya me ha visitado tres veces en sueños. En cada uno, una mano intenta salir de las llamas, alzando dos dedos, pero se derrite antes de alcanzar la luz.

Esta mañana, la misma mano apareció al lado de mi camastro, goteando oscuridad sobre la piedra. Ahora observo esta escultura derretida frente a mí, como si incluso el gesto de la paz se derrumbara en mi presencia. 

Ilustración de JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)

Quizá tengan razón: tal vez sí ardo, pero no de la manera que ellos esperan.

Desde pequeña me enseñaron que toda persona muere tres veces: primero en el corazón, luego en la lengua y por último, en el cuerpo.

Y a mí solo me falta la última.

La mano derritiéndose en mis dedos es el resto de lo que quedaba de mi antigua vida. Corazón. Lengua. Cuerpo. No sé si llorar por perderla o sonreír por haber tenido algo que valiera la pena arder.

Perdí la primera cuando decidí darle voz a alguien que nunca debería haberla tenido. Cuando decidí que solo yo podría hacerle frente a las injusticias en las que se sumía el mundo. Sí, los poderosos nos hacían creer que todo estaba bien. Y lo estaba, para ellos. Sumidos en riquezas y bañándose en nuestro sudor, no se daban cuenta de que cada día más y más niños morían por la Plaga. 

Y lo único que podíamos hacer nosotros era callar; ¿quién era yo para poder cambiar el mundo? Así que hice lo único que me está permitido hacer: callar y observar. Bajé la cabeza, haciendo la vista gorda ante las injusticias que arremetían contra mi poblado. 

Hasta que la Plaga se llevó a mi hermana. 

Observé cómo, día tras día, los ojos que me aseguraban que todo saldría bien se iban apagando. Cómo sus manos se comenzaban a debilitar y arrugar. Cómo su piel abandonaba el brillo que tenía cuando trabajamos en el campo, cosechando trigo, o cuando ayudábamos a nuestra madre a llevar las ovejas a su corral.

E, igual de rápido que vino la Plaga, se fue de nuestra casa llevándose a mi hermana. Lo único que quedaba de mi familia. Lo último que quedaba de mi corazón. 

Esa noche, entre sollozos y sudor frío, soñé con mi hermana. Ella miraba las llamas en donde una silueta se quemaba en el mástil en la plaza del pueblo. No pude distinguir entonces quién era esa figura en la hoguera. 

Y entonces, la vi por primera vez: la mano derretida, fiel condena de lo que acababa de ocurrir.

Sin embargo, el mundo no se detuvo por una muerte más. Los días pasaron. Seguí con mi rutina, pero ya no era igual. Estaba sola. Y, lo curioso, es que no solo cambió mi manera de ver el mundo, sino también mi manera de pensar. La muerte nos perseguía por cada callejón, acechando. Y los poderosos seguían sin hacer nada. Día tras día, el número de muertes aumentaba. Pero daba igual, ¿no? Ellos solo eran un número. 

Pero yo no pude callarme. Sí, me habían robado a mi hermana, pero nunca podrían robarme la voz. O eso pensaba yo. 

Tan ilusa fui que, cuando pensé cambiar el mundo yo sola, el propio mundo se volvió contra mí. Cuesta creer lo mucho que la gente calla con las injusticias con tal de que ellos no sean vistos como ‘traidores’. Y la noche después de perder la lengua, la mano volvió a aparecer. Esta vez, no solo estaba mi hermana frente a la hoguera, sino que también se encontraba todo el poblado. 

Entonces, fui acusada. ‘Bruja’ me llamaron. Todo porque traté de cambiar el mundo. Me llevaron prisionera a una celda y, cuando el sol saliera, se cumpliría mi condena. 

Corazón. Lengua. Cuerpo. 

Cuando desperté con los primeros rayos de luz, la mano me visitó por última vez. Sin embargo, esta vez no lo hizo en sueños. Recogí la pequeña escultura posada cerca de mi camastro y entonces lo entendí: la mano siempre llegaba antes que el fuego. O después. Pero nunca se equivocaba. 

Y con la llegada del sol, también llegó mi sentencia. Recorrí las calles de un poblado que antes había llamado hogar. Sin embargo, todas las caras familiares de mis vecinos ahora rehuían mi mirada. Cobardes.

Subí al estrado de la plaza con la cabeza alta. Ellos me habían condenado a esto. Y ahora pagarían viendo cómo todo rastro de esperanza se esfumaría con mis cenizas. No se habían atrevido a luchar. Genial. Que siguieran viviendo bajo la sombra de aquello que los mataba lentamente.

Me esposaron a un mástil de madera. Solo cuando saltó la primera chispa del fuego entendí por fin el sueño de la mano: yo era la figura que todo el mundo veía arder. Y mientras el humo me consumía, la mano terminó de derretirse del todo. 

Al fin y al cabo, se dice que todo el mundo muere tres veces. 


Texto de IRENE CALVO (2ºB BACH)
Ilustración de JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)

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