Vivimos en el apogeo de las ciencias. Son miles los laboratorios biotecnológicos encargados de descifrar ese manual de instrucciones que tantos misterios oculta sobre la vida. Y es que el ADN ha sido un quebradero de cabeza para genetistas, biotecnólogos, químicos y físicos por todo el planeta. En institutos a lo largo del globo se narra la gran hazaña de su descubrimiento en 1953, y cómo ese mismo hallazgo llevó a Watson, Crick y Wilkins a ganar el premio Nobel en 1962. Desde entonces, la estructura del ADN ha servido como base para la amplia gama de investigaciones en torno a esta molécula y la historia detrás de ella. Pero, claro, todo depende de quién la cuente, ¿no?
Una tarde cualquiera de 1938, en un Londres golpeado por la Gran Depresión, una joven Rosalind Franklin decidía dar el paso que ninguna mujer en su familia había dado jamás; ser científica. Nacida el 25 de julio de 1920, Rosalind Franklin fue la mayor de cinco hermanos. Afortunadamente, nació en el seno de una familia bastante acomodada, contando con el apoyo de sus padres, quienes le procuraron una gran educación previo ingreso a la universidad.

Aunque esta última afirmación parece una obviedad, debemos por un momento remitirnos a la situación social del momento. El movimiento sufragista en Londres conseguía los primeros derechos para las mujeres, quienes no acostumbraban a tener mucha mayor educación que la que concierne a tareas domésticas. Para cuando nuestra protagonista cumplió los ocho años de edad, se consiguió el voto femenino en igualdad a los hombres. Aunque aún quedaba trabajo por hacer, Rosalind pudo aprovechar los incipientes derechos que se abrían a su paso.
Y es que, desde muy pequeña, siempre mostró una gran pasión por la ciencia; en el antiguo microscopio de su abuelo, la futura científica intentaba resolver las primeras dudas sobre el mundo. Fue una gran admiradora de Marie Curie y, en el colegio, si bien la precedía su sobresaliente expediente académico, sus insaciables dudas eran conocidas por todos sus profesores. Si bien muchos preferían omitirlas, fueron más los que alimentaron su gran curiosidad, ganándose bastantes cartas de recomendación para la universidad. Decidida a hacer ciencia, superó con alto nivel las pruebas de acceso a la universidad, llegando a ganarse la excelencia en la prueba de Química. Así, en la universidad de Cambridge, iniciaría sus estudios en Física y Química.
Sus años universitarios estuvieron marcados por la Segunda Guerra Mundial; fueron muchos los profesores y alumnos que partieron al campo de batalla, e incluso la misma Rosalind ejerció como voluntaria en las evacuaciones de bombardeos en su herida ciudad. No obstante, sus estudios de manera independiente la acercaron a la cristalografía, técnica por la que, a partir de la difracción de rayos X, se obtienen los patrones de estructuras cristalinas. Además, durante esos años conoció a Adrianne Weill, discípula de Marie Curie, quién supo hacer de guía para una joven científica en un mundo de incertidumbre. En un intento de ayudar a su país desde la ciencia, al terminar sus estudios con 22 años, investigó en el Departamento de Investigación Científica e Industrial
No obstante, los problemas comenzaron a surgir con su jefe Ronald Norris, que frecuentemente maltrataba a los investigadores a su cargo, así como con Franklin, quien no hizo ninguna excepción, tachándola de “testaruda y difícil”. Así, consiguió su traslado al BCURA, donde la investigación sobre el carbón constituyó el eje de su trabajo. Allí consiguió la independencia laboral tan deseada. Gracias al trabajo de Rosalind Franklin, durante este periodo se consiguió describir la microestructura de carbono, lo que la permitió, publicando artículos de su propia autoría, explicar la permeabilidad de distintos tipos de carbones por la estructura cristalina del carbón, trabajo en la que basaría su futura tesis. Su trabajo permitió mejoras en la industria bélica, como el perfeccionamiento de las máscaras antigás usadas actualmente.
Sin embargo, al acabar la guerra, nuestra científica marchó a una París profundamente marcada, en búsqueda de su ansiada libertad. Aunque sus condiciones de vida empeoraron drásticamente, se adentraba en una de las etapas más felices de su vida. En el laboratorio central de servicios químicos del estado, trabajaba en el prestigioso equipo de Jacques Mering, quien pronto vio en ella una gran cristalógrafa, por lo que no dudó ni un segundo en enseñar y perfeccionar sus técnicas de difracción de rayos X. Así, junto con sus nuevos artículos y trabajos, el nombre de Rosalind Franklin abría un espacio en un mundo dominado mayoritariamente por hombres. No tardarían mucho en surgir las envidias.
Tras agotar su largo periodo en la capital francesa, nuestra científica se vio de vuelta a King’s en 1950. La etapa más importante de su vida se abría ante ella. A pesar de la muy complicada situación con su compañero de trabajo Maurice Wilkins (sí: el mismo del premio Nobel), la brillante científica siguió sus investigaciones, esta vez siendo su centro de atención aquella curiosa molécula recientemente descubierta: el ADN. Y es que su situación tampoco mejoró en King’s; no se le permitió el acceso a las salas comunes donde el intercambio de ideas entre investigadores se producían. Tampoco era muy querida ahí; fue apodada como “la mujer oscura”. En una primera muestra, consiguió ADN A y ADN B, contemplando en la segunda figura los primeros atisbos de una figura helicoidal. Sin embargo, no fue hasta probar con 100 horas de exposición constante cuando Franklin por fin definió la estructura helicoidal del ADN, así como su composición; bases nitrogenadas interiores sujetas a la desoxirribosa, teniendo los grupos fosfatos en los extremos de la hélice. Rosalind Franklin lo había logrado.

Paralelamente, Watson y Crick apostaban por un modelo compuesto de tres hélices, pero mordazmente ella desaprobó su método, que no incluía pruebas experimentales, así como su resultado. Este estado de malestar, junto con la mala relación con su compañero hizo que, a pesar del minucioso secreto de su investigación, Wilkins compartiera los datos de Rosalind de manera ilegítima con Watson, entre las que se encontraba la famosa fotografía 51. Así, con la publicación en la revista Nature de su “hallazgo” sepultaron el trabajo de nuestra científica. Sin embargo Rosalind no se quedó ahí, en 1955, tras su traslado de Birkbeck College y con su nuevo grupo de investigación de Aaron Klug , consiguió publicar los artículos sobre VMT, (el virus del mosaico de la planta del tabaco) por el que consiguió identificar la estructura vírica proteica (su cápside) y el ARN en su interior.
Desgraciadamente, en 1956, le detectaron cáncer de ovarios, provocado seguramente por la larga exposición a rayos X a la que se vio sometida. No obstante, consagró hasta el último suspiro a la ciencia, consiguiendo una prórroga de un año para su investigación sobre los virus, e incluso le fue otorgada la beca del Instituto Nacional de Salud de EEUU.
Rosalind Franklin falleció el 16 de abril de 1958, a la corta edad de 37 años.
En 1962, se les concedió a Watson, Crick y Wilkins el premio nobel que no hubieran podido conseguir sin la ayuda de Rosalind. Sin embargo, el título no se podía conceder ni a más de tres personas a la vez, ni a título póstumo, por lo que su nombre fue totalmente olvidado durante la entrega de premios. Aun dejando un gran legado, este se vio opacado en 1968 con la publicación del libro de James Watson La doble hélice. Un relato personal del descubrimiento de la estructura del ADN. Este libro hizo un flaco favor a su memoria, ensuciando su personaje y tratandola como la villana de su propia “heroicidad”, dedicandola no muy buenas palabras como se puede leer en su novela;
Solo con que ella pudiera mantener sus emociones bajo control, habría podido ser buena ayuda […] El auténtico problema era Rosy [Rosalind Franklin]. Uno no podía evitar pensar que el mejor sitio para una feminista era el laboratorio de otra persona.
Aunque su novela contó con millones de lectores, pronto se alzaron las voces en su contra, quienes defendieron el legado de la gran científica. Entre ellas, se encontraría el que fuera su equipo del Birckbeck College. Poco a poco, su figura volvió a cobrar la importancia que merecía, llegando a bautizarse con su nombre importantes premios de genética y becas destinadas a apoyar a las mujeres que, como ella, queremos dedicar nuestras vidas a la ciencia. Su nombre incluso llegó a Marte en una sonda de investigación. El mundo comienza a devolver a Rosalind Franklin la importancia que se merecía.
Si bien nuestra científica es conocida por la famosa fotografía 51, sus aportaciones al estudio del carbono, a la cristalografía y a la microbiología, hacen de su figura una de las científicas más relevantes del siglo XX, y son méritos por los que también debería ser recordada.
Es hora de contar la historia entera.
Texto por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Ilustraciones por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)





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