«Búscame en las estrellas». Fueron sus últimas palabras.

Unas palabras que destrozan más que la sonrisa tranquila con las que las dijo, tumbada en aquella habitación llena de luz artificial. Ella sabía que no la volvería a ver después de aquella noche. Que dejaría el mundo de los vivos en busca de un nuevo camino, mientras que yo me quedaba estancado sin ella.

El mundo siguió girando. Y el tiempo siguió corriendo. Como si no acabasen de cambiar todos los pilares de mi mundo. Como si no acabase de perder a mi piedra angular, a mi luz al final del túnel.

Ahora no hay nada que me saque del vacío en el que me sumí al verla en el ataúd, con esa cara de plácida tranquilidad. Con la expresión tan relajada que casi parecía dormida, a punto de despertar. Como si los fragmentos que aún quedaban enteros dentro de mí no hubiesen sido enterrados con ella.

Ella… Qué forma tan vulgar de describir a la mejor persona que he conocido jamás. A la única que consiguió robarme el corazón, aunque yo no hubiese conseguido más que su amistad. Una persona llena de vida, de alegría y de historias. Mas yo solo soy una persona que se negó a despedirse, a decir adiós. Solo porque no quería que fuese el último. Porque necesitaba que no lo fuera.

Antes solíamos salir por las mañanas. Recuerdo el hastío que me embargaba siempre, cuando tardaba siglos en arreglarse, aunque ahora lo eche en falta. Ya no hay motivos para salir, para volver a disfrutar las cosas. No si carezco de su compañía.

No puedo dar dos pasos dentro de mi propia casa sin cruzarme con el fantasma de alguno de los momentos que compartimos. Sin encontrar alguno de los objetos adheridos a su alma: perfumes de olor a vainilla en el baño, apuntes en la habitación, los cereales que tanto le gustaban en la cocina, y libros. Libros por todas partes. En estanterías, en mesas, da igual dónde. Siempre hay un libro con una historia en la que nos sumergimos juntos. Un portal a otro mundo donde podía soñar como nunca lo hizo aquí.

Siempre fue una soñadora, de esas personas hechas de polvo de estrellas y magia. De las que miraban al cielo y volaban sin levantarse de la Tierra. Que creen que todo es posible y lo demuestran. Sin embargo, pocos sabíamos de su pasión y su locura. Que daba rienda suelta a todas sus ideas y las llevaba a cabo sin importar el coste. Que se negaba a morir como una más. A vivir sin ser recordada por algo que nunca nadie hizo. A encajar en moldes hechos por y para otras personas.

Me es imposible no sonreír tristemente al pensar en su cara al saber que en realidad no moriría volando dragones o batiéndose en duelo, sino en una cama de hospital, enferma. No se enfadaría, como hubiese hecho yo de haber estado en su situación. Todo lo contrario, se reiría, con esa risa tan única suya, alegre y libre. Se reiría de todo, de su situación, del hospital, y de mi cara de sorpresa. Siempre era de lo último. De mi cara al saber que había llevado a cabo otra de sus locuras, o por el simple hecho de que lo hubiese pensado.

Sin embargo, no fue una de sus locuras la que la condenó. No fue el accidente de paracaidismo, como tampoco lo fue la hipotermia de hacer buceo en el ártico.

Fue algo tan simple como un fallo pulmonar provocado por una reacción alérgica al polvo.

El tiempo pasa sin avisar. Viene, coge lo que quiere, y se va. Pero no puedo evitar pensar que se ha olvidado de visitarme a mí, o, por el contrario, que se ha llevado hasta el sabor de la comida. Que sabe insípida y no es capaz de llenar el lugar donde antes residía todo lo que su presencia representaba en mi vida. 

Todo transcurre a cámara lenta, mas yo no vivo nada de lo que ven mis ojos. Mi cuerpo simplemente se ha quedado esperando el momento de que algo cambie para poder reaccionar. Para sentir algo. Aunque solo sea la más débil de las  emociones.

Los movimientos son los mismos todos los días. Solo se limitan a trabajar, comer, dormir y limpiar, únicamente lo justo y necesario para poder seguir existiendo, a excepción de limpiar. Ya no puedo soportar ver polvo sin derrumbarme, así que lo quito todo, de forma compulsiva, para que no quede ni una mota. Porque pese a saber que nunca volverá, siempre espero volver a verla.

Es de esa forma, casi urdida por el destino, como encuentro su libreta. La libreta donde apuntaba todo, todas sus ideas, futuros planes e historias. Era su objeto favorito, y solo me dejaba encontrarlo cuando quería compartir conmigo sus nuevas historias. 

A veces lo encontraba de casualidad entre las camisetas del cajón justo después de que lo escondiera, pero otras tardaba días. Hubo una vez que tardé meses en cruzarme con el cuaderno, y solo lo supe porque me dijo que lo había encontrado tan tarde que no recordaba nada de lo que había escrito. Era una tarde lluviosa de otoño y recuerdo cómo abrimos juntos el cuaderno. Leyendo poco a poco todos los pasajes, como cada vez que encontraba el cuaderno, llegamos al más divertido hasta el momento, el más reciente de todos, el que nadie recordaba qué tenía escrito.

Evitar replicar esos movimientos que tanta nostalgia traen consigo es imposible. Abrir el cuaderno con todo el cuidado y mimo del mundo y empezar a leer todos los pasajes escritos, pasando el dedo justo debajo de esas palabras tan cuidadosamente escritas para no perder ni el más mínimo detalle. Pasando las hojas gastadas con movimientos rítmicos.

Tal es mi inmersión en la lectura que casi no me doy cuenta de que estoy ante el último fragmento de la libreta. 

Se me cierra la garganta y una mezcla de miedo y pesar me invade. El primero por no saber qué hallaré y el segundo por ser consciente de que sus ideas no volverán a llenar estas hojas. Con sumo cuidado giro la página para enfrentarme a esas palabras desconocidas. 

La caligrafía no es la suya, igual que si lo hubiese escrito otra persona, mas la forma de expresarse es tan única que es claramente salida de su alma.

A medida que llego al final del fragmento mis ojos se anegan de lágrimas. El pasaje estaba escrito por su hermana y dictado por ella. Es su carta de despedida. 

Dentro cuenta que hacía tiempo que sabía que su momento iba a llegar antes de lo esperado, por lo que le pidió a su hermana que escondiese la libreta por ella, dando una señalización muy cuidadosa. Sin embargo lo más descorazonador de todo es que contaba su seguridad en que aún no habría encontrado la fuerza para ir a nuestro lugar favorito y despedirme en las estrellas. Que aún no habría sido capaz de pasar página.

Hay también una última petición en la carta. Una en la que pedía que viviese lo que quedaba de mi vida igual que si me estuviese acompañando durante cada paso del camino. Siendo fiel a todas esas ideas que se nos ocurrieron juntos y las que faltaron por ocurrírsenos.

Sin saber cómo, las lágrimas no se han agotado en mis ojos, cierro el cuaderno y lo guardo como lo que es, mi posesión más preciada, al igual que fue la suya. Sus palabras me han hecho reaccionar. Salir del trance en el que me sumí hace días. Y es solamente esa claridad otorgada por las palabras escritas en la libreta, la que hace que, con el sol aún en lo alto, coja el coche para un trayecto de tan solo media hora hasta llegar a un pequeño descampado en medio de la nada.

Es aquí donde nos conocimos y donde veníamos siempre a admirar el cielo nocturno. Un pequeño campo de flores silvestres lo suficientemente alejado de la ciudad como para no impedir ver los astros que revela la noche. Lo suficientemente alejado para poder llamarlo nuestro.

Ilustración por ANA TABARES (2ºB ESO)

Estoy horas esperando hasta que el sol se pone y el cantar de los grillos llena la noche. Por fin puedo levantar la cabeza para despedirme. Una segunda oportunidad para hacer lo que en su momento no me atreví. Para decir el adiós definitivo.

—Hola Leila. Perdóname por no haber tenido el valor de despedirme cuando debía, pero te busco ahora en las estrellas, como me pediste. Por favor, perdóname  —hago una pequeña pausa para intentar que no se me rompa la voz más de lo que ya está—. Lo estoy intentando, pero creo que ya sabes que tardaré un tiempo en recuperarme. Te quiero, pero ya lo sabes, y espero que me olvides, como yo jamás te olvidaré a ti.

Las lágrimas vuelven a inundar mi rostro, cálidas contra la suave y repentina brisa. Pero el peso de mi alma disminuye con esta despedida, pues sé que, de algún modo fuera de mi comprensión, mis palabras han llegado hasta ella. Que las guardará con aprecio allá donde vaya y, por encima de todo, que las entiende, y no me culpará por llorar su muerte.


Texto por JULIA RESANO (4ºD ESO)
Ilustración por ANA TABARES (2ºB ESO)

Deja un comentario