El dulce cantar de los pájaros me despertó. Intenté abrir los ojos, pero la luz de la mañana me cegó por unos instantes. Maldije en voz baja: ayer había olvidado correr las cortinas. Me levanté de la cama, con desgana. Una cama tan grande como su ausencia. Arrastré los pies hasta el enorme ventanal de la habitación y vi cómo las aves macho cantaban y presumían de sus plumas, intentando cortejar a las damas. Algunos ya lo habían conseguido y se encontraban entonando con sus parejas. Ojalá poder compartir su felicidad.

Volví de nuevo a la cama, mientras me pasaba la mano por la cabeza, intentando desenredar mi cabellera. Otra mañana más. Me levanté y comencé a vestirme perezosamente, sin ganas. ¿Por qué debería mostrar emoción alguna? Llevaba haciendo lo mismo día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Los días pasaban, y todavía no había rastro de él. Sin embargo, ellos se empezaban a impacientar. Debería elegir pronto, pero todavía no estaba preparada para ello. Llevaba veinte años posponiéndolo y pronto se me agotaría el tiempo. Suspiré, y me coloqué la corona con delicadeza. Cada día, esta se volvía más pesada y las responsabilidades detrás de ella, cada vez mayores.

Miré mi reflejo en el elegante tocador. Mi pelo cada vez se asemejaba más al color de la luna y las ojeras se volvían más pronunciadas.

Cerré los ojos, con fuerza, intentando convocar de nuevo su recuerdo. Sus manos firmes y cálidas, su sonrisa que podía iluminar el reino entero o sus ojos marrones, reflejando la sabiduría que cargaba por tantas estrategias. Y justamente eso, su astucia, le había llevado a la situación en la que se encontraba ahora.

Reprimí un sollozo. Cómo le echaba de menos. Mi corazón dejó de ser el mismo cuando partió, con la promesa de regresar antes de que a nuestro hijo le creciese la barba.

Suspiré, y me dispuse a salir de la habitación cuando un grupo de hombres me interceptó. El cabecilla de ellos, Antínoo, me miraba con una ceja enarcada.

—Buenos días, majestad. Nos gustaría saber qué tal va el proyecto.

Reprimí un impulso de asco; no les soportaba. No obstante, yo era su monarca, y debía comportarme como tal.

—Va bien, lento pero encaminado. Siempre me ha gustado el trabajo bien hecho, aunque dure su tiempo.

Recogí el dobladillo de mi vestido y me despedí del grupo con un asentimiento de cabeza. Sin embargo, pude escuchar la grave voz del hombre murmurando que llevaba ya veinte años con ello. Me mordí el labio inferior, Antínoo tenía razón. Les prometí dos décadas atrás que, cuando terminase de hilar el telar, elegiría al siguiente portador de la corona. Lo que ellos no sabían es que, noche tras noche, deshacía todo lo que hice por la mañana. Prefiero mentir ante ellos, ante mi pueblo, que permitirles pensar que han ganado.

Continué mi marcha hacia los aposentos de mi hijo cuando recordé que este se marchó hace dos noches. Volvía a estar sola entre los muros del palacio. Sola, ante la jauría de hombres que se abalanzaba sobre mí con el propósito de gobernar.

Me apoyé en el alféizar de la ventana, con la cabeza reposando en una de las muchas imponentes columnas del palacio. De repente, capté el aleteo de un ave que se había posado a mi lado. Levanté la mirada y me encontré a un mochuelo mirándome con atención. Le miré extrañada. ¿Qué hacía aquella ave nocturna a la luz del día? Sin embargo, había algo en aquel pájaro que me transmitía confianza, como si ya le hubiera conocido anteriormente. El mochuelo voló hacia mí y se posó en mi hombro. De repente, me empezaron a llegar vagamente recuerdos de una silueta femenina, enfundada en yelmo y lanza, junto a mi marido. Viéndole crecer, enseñándole a luchar, o guiándole con las tácticas de guerra. Incluso recordaba a aquel ser asomándose a la cuna de nuestro hijo recién nacido.

Ilustración por JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)

El pájaro inclinó la cabeza, trayéndome de vuelta a la realidad, e impuso con una voz femenina pero imponente:

—Ya ha llegado el momento, querida. Plantea el desafío.

¿La voz había resonado en el pasillo o dentro de mi mente? No sabría decirlo.

Miré de vuelta al ave y caí en la cuenta de que aquella criatura tenía poco de pájaro. Una chispa en mi pecho comenzó a crecer con fuerza renovada. Mi corazón comenzó a latir, ansiosamente y una solitaria lágrima me comenzó a bajar por la mejilla. Notaba cómo empezaba a florecer un sentimiento que llevaba mucho tiempo sin ver. ¿Acaso… podría ser una señal de que él estaba de vuelta?

Le di las gracias a la diosa y el mochuelo batió las alas en un silencio que hizo temblar hasta los mármoles. Sonreí para mis adentros, mientras la esperanza comenzaba a sembrarse. Mi mundo estaba a punto de cambiar, lo sabía. Y también sabía que había llegado el momento de realizar la prueba.

A mi alrededor, las columnas de mármol y las personas se volvían un borrón mientras me dirigía corriendo a la sala de armas. Una vez con el arco, mandé convocar a los ciento ocho hombres que pretendían desposarse conmigo.

Antes de entrar a la sala, cerré los ojos con fuerza y suspiré. El olor a batallas olvidadas y a madera de olivo me trajo de vuelta el recuerdo de mi amado y de cómo, años atrás, él era quien portaba esta misma arma. Las astillas del viejo arco se clavaron en mis manos, pero no me importaba. Tenía que ser fuerte. Por él. Por mí. Por nuestro hijo.

Abrí las grandes puertas de madera y toda la sala se calló de inmediato. Caminé por el largo pasillo central mientras todas las cabezas giraban hacia mí. Levanté aún más la cabeza y traté de transmitir una serenidad que en ese momento no sentía.

Finalmente, llegué al estrado donde se encontraban los dos tronos, vacíos, y tras un suspiro me dirigí hacia todos los presentes:

—Todos sabéis que debo elegir a alguien para tomar la corona que hace tiempo él dejó atrás. Os propongo un desafío: aquel que logre tensar el arco real de mi esposo y disparar a través de doce hachas, reinará conmigo por toda la eternidad.

Me bajé de la tarima y caminé hacia las doce hachas, erguidas como los guardianes de mi destino. Mis manos comenzaron a  temblar por el peso del arco. Tensé la cuerda, lo suficiente para poder disparar con ella. Cerré los ojos y sentí su voz, tan real como el arco que sostenía en mis manos.

—Apunta con el corazón, amor mío.

Y así lo hice: la flecha silbó por el aire antes de atravesar las hachas y se clavó justo donde él antes solía sentarse, como una promesa hecha flecha.

Los pretendientes a mi alrededor comenzaron a murmurar, nerviosos. Destensé el arco lentamente, y se lo pasé a Antínoo, que me sonreía con arrogancia.

—Esta vieja arma no me detendrá. Pronto reinaré junto a ti.

Sonreí para mis adentros. Podían intentarlo todo lo que quisieran. Me senté en el trono, observando los intentos fallidos de los pretendientes. Esa flecha, en algún momento, me acabaría alcanzando, y al final, me daba igual morir si él no estaba a mi lado.

Sentí cómo la tristeza se apoderaba de mí y tuve que reprimir un sollozo. Nunca imaginé este final para mí, ni lo que el amor podría llegar a conseguir.

Pero por él esperaría veinte años más.

Por él, moriría con su nombre en mis labios.


Texto de IRENE CALVO (2ºB BACH)
Ilustración de JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)

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