Desde siempre, el ser humano ha intentado identificarse como diferente a los demás. La humanidad ha buscado cualquier confirmación que nos diga que somos especiales respecto al resto de animales. Ya desde la antigua Grecia, Platón intentó definir a un ser humano, una criatura desnuda y bípeda. Un día, Diógenes ilustró acertadamente esa descripción con un pollo desplumado. Historias como estas se hacen eco a la espera de una respuesta.
Parece ser que se responde con nuestra empatía para con los demás. Se ha dicho que el ser humano es malo por naturaleza, otros han rebatido asegurando lo contrario, y hay quien halla nuestro comportamiento en un punto neutro. Mucho se ha especulado del cómo y el por qué de esta, pero siempre ha parecido ser únicamente humana. Sin embargo, son cada vez más los resultados que parecen contraargumentar esta percepción.
Antes de sacar conclusiones, primero se debe definir la empatía como la habilidad para ponerse en la situación del otro. En realidad, la empatía y el compañerismo son parte de nuestra naturaleza. Y es que está tan asumida en nosotros mismos que se hace de manera involuntaria. Se podrían dar miles de ejemplos en los que una persona da su vida por otra. Sin embargo, son muchas las voces que claman que en realidad, no es más que una fachada para ganar fama. Aunque el debate ya esté abierto, esta vez fijémonos en nuestros queridos simios antropoides, para poder sacar algo en claro.

Los chimpancés han sido siempre retratados como animales sin compasión, dando cabida a ideas como la Teoría del Mono Asesino. Ciertamente esta especie está marcada por la violencia, pero la reconciliación es primordial para la unidad del grupo. El cuidado entre chimpancés de un mismo grupo es el eje primordial en esta cuestión. En un ejemplo hipotético, pongamos que en un grupo de chimpancés, uno de ellos se acaba lastimando. Fuertes y agudos gritos serían escuchados por todo el grupo. Aunque muchos pensarán que el grupo abandonará al animal herido, en realidad se acercarán al chimpancé a consolarla. Besos, abrazos e incluso curar sus heridas ayudarían a nuestro chimpancé a calmarse. Es más, cuando estos resultan heridos, aunque sea mortalmente, acuden a los brazos de aquellos chimpancés más cercanos para sentirse mejor en su presencia. Son estos comportamientos lo que nos dan a entender que la empatía y la compasión están presentes incluso en los chimpancés, en cuyos grupos predomina la violencia.
Por otra parte, nuestros otros primos, los bonobos, son animales que destacan por su forma de vida pacífica en la que el matriarcado es la forma de organización. Cuando dos bonobos se ven enredados en un problema, en vez de ser violentos, las hembras son las encargadas de volver a establecer la paz entre ellos. Es más, cuando un miembro del grupo ha sido agredido por otro que no forma parte de este, se han registrado actos afectivos para con la víctima, es decir, abrazos, caricias…todo eso, con el fin de conseguir establecer relaciones basadas en la empatía y afecto entre bonobos. Este estilo de vida está mayoritariamente marcado por el sexo, el cual se usa como medio para regular intercambio de bienes, resolución de problemas…en definitiva, los bonobos pueden ser muy cariñosos.
Sin lugar a dudas, los chimpancés y los bonobos nos demuestran una vez más que la empatía es la base para vidas en grupo, pudiendo aplicarse así a las bases de nuestra sociedad. Si bien mucho se ha especulado sobre nuestro reflejo prehistórico en los chimpancés, el humano más bien se podría definir como un mono bipolar. Podemos ver que la idea de la empatía como fachada se tambalea, ya que es este valor, junto con el compañerismo lo que ha sostenido y sostiene nuestras sociedades.
En el ser humano converge la violencia del chimpancé, la impulsividad de los instintos de los bonobos y sin lugar a dudas su empatía. Siempre se ha dicho que la guerra saca lo mejor y lo peor de las personas. Las atrocidades cometidas por el ser humano supera, y con creces, las violentas reyertas entre chimpancés. Sin embargo, nuestra empatía y solidaridad reflejada en nuestra especie es increíblemente mayor a la de nuestros primos los bonobos.
En nosotros mismos conviven estos dos reflejos tan polarizados. Debemos siempre tener en cuenta que entre el blanco y el negro, hay toda una gama de grises y fuera de esta; millones de colores. La percepción del conocimiento humano nos empuja a descubrir e indagar más sobre nosotros mismos. ¿Qué es lo que nos guiará en nuestras vidas? ¿El chimpancé interior? ¿El bonobo? ¿O tal vez ambos?. No hace falta responder estas preguntas de golpe, pero un día, mírese al espejo de la vida y verá al mono que llevamos dentro.
Texto por ESPERANZA PÉREZ (1ºB BACH)
Ilustración por JIMENA PEDRERO (1ºB ESO)





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