Había una vez un mundo separado en dos tierras, la de fuego y la de hielo, ambos enemistados por dichos elementos. El reino del frío y el eterno invierno era un país de personas frías y poco sociables, el cual estaba gobernado por una reina dolida por su fallecido esposo (el cual murió en una batalla contra la nación de fuego). La reina vivía con su hijo Thomás, al cual no le permitía salir del castillo para que no sufriera ningún daño al igual que le ocurrió a ella.

En el otro lado del mundo, vivía un rey amoroso pero sobreprotector que no permitía dejar salir a su hija Enela, por miedo a perderla como perdió él a su hijo mayor en la batalla contra el reino de hielo. Ambos cogieron el carácter de dicho familiar y, a pesar de que ninguno de los dos hijos se conocían, había algo en ellos muy similar, el hecho de que querían ayudar a la gente de su pueblo, en vez de quedarse encerrados en un palacio como había sido siempre durante toda su vida. Rara vez salían y cuando se daba el caso tenían que estar rodeados por cientos de guardas que apenas dejaban respirar. Ambos estaban hartos, pues a pesar de esto, sus padres no se preocupaban por el pueblo, solo de su título y de ellos mismos. Entonces los dos decidieron marcharse de sus casas y ayudar a los aldeanos proporcionándoles comida y recursos necesarios para poder vivir. Pero cuando ayudaron al pueblo, se dieron cuenta de una cosa: ahora que estaban fuera del palacio y con la oportunidad de salir ¿para qué volver a ese infierno de joyas y riquezas? Y se refugiaron los dos en el bosque, una tierra neutral entre los dos mundos, fuera de la guerra y destrucción.

Cayó la noche y necesitaban refugiarse del diluvio que caía, por fin se dieron cuenta de que ambos padres habían mandado guardas a buscarlos y entendieron una cosa que habían pasado por alto: al darse cuenta sus padres de que no estaban, habrían sospechado que era la nación enemiga la culpable. Por culpa de su insensatez, podrían haber causado una guerra en el futuro. Como tenían que esconderse, buscaron una cueva y Thomás llegó antes. Enela se dio cuenta de que había un pájaro en la cueva en la que estaba a punto de refugiarse. Con cautela, se asomó a la entrada de la cueva y miró con el ceño fruncido al pájaro de la nación invierno, que estaba allí encendiendo un fuego para calentarse y como no podía quedarse fuera, por los soldados que los buscaban a ambos, decidió entrar. Thomás se sorprendió al verla, pues pensaba que, aparte de los guardas que le buscaban, él era el único pájaro en kilómetros a la redonda y, al menos que estuviera desesperado como él, no se escaparía fuera de su nación ¿Le habían seguido? Pronto se dio cuenta de que ese no era el caso pues, al acercarse el desconocido al fuego, Thomás se dio cuenta de dos cosas: la primera es que el desconocido era hembra y la segunda que la desconocida venía de la nación de invierno. La desconocida se sentó en el fuego enfrente de él y, al sentir ambos curiosidad, empezaron a hacer preguntas. Pronto se dieron cuenta de que ambos tenían sueños similares, una nación nueva y renovada y, como no podían estar en el mismo sitio, pensaron en seguir juntos para ayudar a los dos mundos a recuperarse de sus pérdidas sin importar de dónde vinieran y, poco a poco, los sentimientos que sentían el uno por el otro iban creciendo con el tiempo. Pero algún día los padres los iban a encontrar y ese día llegó. Los soldados de la nación de hielo ya los acorralan sin ninguna escapatoria. A los dos se los llevan a la fuerza, de tal manera que los acaban aislando del mundo entero en sus palacios para que no puedan volver a verse nunca más y no causar más problemas. Pero los ciudadanos se manifestaron ante los reyes, ya que sus hijos habían logrado salvar vidas y ayudarles en muchos aspectos. Durante estos días que sus hijos desaparecieron, el pueblo había vuelto a la ruina y todos querían un cambio con esto. Los guardas intentaron evitar que entraran en el castillo pero fue inútil. Ambos pueblos llegaron hasta dichas salas del trono donde estaban ambos reyes y al ver la revolución, y a los pocos guardias que había en esa sala, tuvieron que hacer lo que les pedía el pueblo: renunciar a la corona y dejar a sus hijos reinar. Al cabo de unos años, ambas naciones se unieron de nuevo y los dos tortolitos fueron llamados los reyes del amor.


Texto por ELENA RESANO (1ºC ESO) y EMMA OLIVADOTI (1ºD ESO)
Ilustración por ANA TABARES (1ºB ESO)

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