Y abrió los ojos. Estrellas, sólo había estrellas. Una voz le llamaba a lo lejos, gritos desgarrados por el dolor. Para eso había nacido y para eso debía morir. La hierba acariciaba su dolorida piel, mientras que la bala que perforaba su pecho se volvía fría con el viento nocturno. Que la muerte era el final era algo que solo consideraba como un decorado más en el gran teatro de su vida, pero ahora veía que el telón del escenario bajaba. La función acababa, y no tenía nada a lo que aferrarse. Solo, bajo un manto de estrellas, ansiaba el amor que una vez evitó. Ansiaba volver a los brazos de su madre, ansiaba las caricias de su padre. El frío soldado que una vez fue ahora quería amor.
La soledad se volvía eterna a su alrededor. No existía el tiempo. Su mirada estaba fija en las estrellas. En cualquier momento la muerte le mecería en sus brazos como le mecía su madre de niño para que se adormeciera. ¿Acaso era eso lo que realmente había buscado siempre? Había nacido para morir. Aun así, había algo en él que no terminaba de aceptarlo. Había nacido para morir, pero quería seguir con vida. Necesitaba seguir adelante. Se aferraba a la vida como un niño se aferra a su madre. Ansiaba vivir. Quería vivir. Sin embargo, sentía cómo el mundo se derrumbaba encima suyo.

Uno a uno los recuerdos fluían en su mente. Lo había sacrificado todo para convertirse en soldado. Su casa, sus amigos, e incluso una persona a quién llegó a amar. Las estrellas eran su única compañía, y aún estando en ese instante ahí, estaba solo. En realidad, siempre lo estuvo. Nunca le había importado. Durante toda su vida, sus maestros le habían alejado del cariño. Siempre habían hablado de la maldad del ser humano, y cómo el amor no era más que una mera fachada. Sin embargo, ahora quería sentirse amado. Era consciente de las maldades que acechaban en el mundo exterior, pero en ese instante entendió que una emoción tan fuerte no podía ser una fachada más.
Al menos no era eso lo que sentía. Cubierto con su propia sangre, aún soñaba con el consuelo. Seguía manteniendo la esperanza de que alguien se conpadeciese de su sufrimiento. Aunque se estuviera muriendo, manchado con su propia sangre, necesitaba oír que todo estaría bien, que él estaría bien. Necesitaba sentirse amado.
Era inútil seguir esperando. Solo había estado siempre y solo moriría. Las lágrimas cayeron a la hierba como estrellas fugaces. Tenía frío. No podía moverse. Por lo menos, su vida serviría para ganar la guerra, o por lo menos, así intentaba consolarse. ¿En serio este conflicto merecía tantas muertes? ¿De verdad merecía perder la vida por esta guerra?. Quería llorar, pero su cuerpo ya no reaccionaba. No lo sentía. Ya no sentía el frío. Ya no escuchaba los disparos. Ya no sentía odio. Ya no sentía.
Texto por ESPERANZA PÉREZ (ALUMNI)
Ilustración por JOSÉ ÁNGEL PEÑA ()




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