Nadie lo vio llegar.

Porque no llegó. 

Ya estaba allí.

Caminaba entre ellas sin destacar, comía lo justo. Dormía cerca, nunca en el centro. Cuando el pastor contaba, el número siempre coincidía. No había margen de error: era una oveja más. Las demás no pensaban en él.

Y eso era pertenecer.

Copiaba todo. La forma de bajar la cabeza, el ritmo al andar, el silencio exacto. Nunca hablaba de sí mismo. Escuchaba. Cuando algunas dudaban, asentía. Cuando alguna lloraba, permanecía.

Una oveja lo notó.

No supo qué decir. Nada visible. Ningún gesto. Solo una incomodidad sin nombre. Miró la lana: blanca, limpia, real. Pensó que desconfiar de una de las suyas era peor que equivocarse.

Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)

No dijo nada.

Esa noche fué la primera en desaparecer.

Tras su ausencia, redujeron la distancia. Se mantuvieron juntas sin decirlo. Él no lloró. Se limitó a quedarse cerca, consoló cuando hizo falta. Fue suficiente.

Nadie volvió a pensar en la oveja que dudó. 

Cuando la lana cayó, no hubo pelea. No hubo sorpresa. Solo una comprensión tardía. Todas habían visto algo. Todas eligieron no mirarlo.

El lobo se marchó al amanecer. Dejó la lana en el suelo. Intacta. Blanca. Perfecta.

La lana no sangra.

Por eso nadie la oyó gritar.


Texto por JAVIER MANZANO (1ºC ESO)
Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)

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