Otro día más, otro escrito, otro libro, otra poesía, otra historia… Algo en lo que vuelco mi corazón, un pedazo de mis penas y alegrías, algo que jamás cesará, creo. Me siento y agarro mi bolígrafo, abro un cuaderno de hojas cuadriculadas y planto mi utensilio de escritura sobre él, hora de comenzar.

Pienso, pongo música de fondo, sobrepienso, doy un paseo por la habitación, me siento, las ideas no llegan. ¿Qué estoy haciendo? No puedo escribir, me expreso en el primer párrafo, me quedo en blanco, arranco la página, lo guardo como borrador. Qué asco doy, me miro las manos, ¿qué me pasa? Tiemblan, ¿acaso he perdido el toque? Siento un nudo en la garganta, algo llega, me arden los ojos… Una, dos, tres, cuatro, ya no puedo contarlas, son lágrimas, un momento, ¿lágrimas?

Comienzo a enloquecer, qué voy a hacer, no puedo, me sudan las manos, la cabeza me da vueltas, miro el cuaderno, el bolígrafo, los intento tocar. Me desplomo en el suelo, ¿qué voy a hacer? Mis palabras, tengo tanto que decir y no puedo plasmarlo en una simple hoja de papel, patético, que patético. Un adulto, no, no soy un adulto, no puedo llamarme adulto, no soy capaz de escribir siquiera.

Ilustración por ANA TABARES (2ºB ESO)

Me agarro de los pelos y empiezo a llorar, lo único que hacía bien, lo único que me mantenía vivo, se había ido. Estaba pasando lo impensable, mi creatividad e imaginación se habían ido. Me levanté otra vez, corrí al cuarto de baño, no reconocía el reflejo. Un hombre viejo, con arrugas, ojeras, cansancio, una mueca triste, pero, esos ojos. Unos ojos vidriosos que siguen reflejando la niñez, la esperanza, las ganas de que este sufrimiento no sea verdad, de que alguien le dé un abrazo.

Calma, necesito calma, recojo mis lágrimas, recojo mis sentimientos, camina, vive, sufre, respira, y escribe. Vuelvo a mi habitación, me siento, sigo llorando, comienzo a escribir, clavo la punta del bolígrafo en el papel como si así pudiera obligar a las palabras a salir de mi mente. Escribo sin pensar, sin sentir, sin alma. Letras vacías, frases que no dicen nada, que no me reflejan. Leo lo que acabo de escribir y no me reconozco. No hay fuego, no hay verdad, no hay dolor ni belleza. Solo hay tinta, solo hay ruido. Me detengo. El silencio me abruma más que antes. Me doy cuenta entonces de que no basta con escribir por placer, que mis manos saben moverse, sí, pero mi esencia no se va exprimir. Falta algo. Falta ella, la bendita inspiración.

Y es en ese momento cuando lo comprendo todo. Yo no escribo porque sé hacerlo, escribo porque siento. Porque algo dentro de mí arde y pide salir. Pero sin esa chispa, sin esa inspiración que me hacía humano, que me daba vida, no soy más que un cuerpo temblando frente a un cuaderno. Un hombre vacío, sosteniendo un bolígrafo que ya ni siquiera parece real. Cierro el cuaderno despacio, delicadamente, con las manos temblorosas. Sin inspiración, sin esa voz que me guía, no soy escritor. No soy nada.


Texto por AINOHA RENGIFO (4ºC ESO)
Ilustración por ANA TABARES (2ºB ESO)

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