La victoria no fue fácil, aún menos la batalla y la guerra. Ambos bandos enfrentados por miles de años de odio y de derramamiento de sangre por parte de todos. Por desgracias y sorpresas. Sin embargo, alguien tuvo que alzarse vencedor tarde o temprano. Alguien tendrá que escribir la historia de esta nación.
Una nación que no es honrosa ni honorable, pues las desgracias que conllevaba el objetivo deseado eran un coste demasiado alto. Pero —bien sabemos todos, ganadores y perdedores— que nadie diría algo así del reino por el que muchos dieron la vida. No dejarían entrever los horrores causados por los suyos, equiparables a los de los hombres contra los que luchan en batalla. Nadie, excepto el soldado a quien esos mismos recuerdos atormentan todas y cada una de las noches.
Nadie mancillaría la historia, perfecta en apariencia, del lugar por el que lo da todo. Aún menos lo haría solo para contar unas verdades tan horribles como la guerra misma. Ningún ser querría eso del país al que pertenece. En el que vive. El que les da todo.

Solo hay un tipo de hombre que cometería semejante ultraje, y es aquel que ha perdido la batalla. Aquel que, pese a haber visto pasar a la muerte por familiares, camaradas y simples desconocidos, no ha llegado a lograr sus metas. No ha llegado al punto en el que pueda relatar la historia de tal manera que el sacrificio realizado parezca compensado por el resultado.
Tristemente, solo puede aspirar a eso. Al parecer. Pues ni el más valiente y desalmado de los que lo han vivido —hombres, mujeres, niños— es capaz de olvidar aquello de lo que los han despojado. No puede ni aspirar a compensar semejante tristeza, la provocada por dichos horrores, la victoria por la que tanta gente ha dado sus vidas. Y solo son aquellos que no se han visto afectados, capaces de ver lo que dicen haber conseguido. Y son ellos los que escriben esa historia. La historia que será enseñada a todos los hijos e hijas de los que la han sufrido. Una historia que no habla de pérdida ni de sufrimiento, que sustituirá a la realidad en tan solo unos años, y que pintará como dioses a aquellos que, sin mover un solo dedo, encerrados entre lujo y comodidad, dicen haber sufrido.
Pero esa historia no es real, como tampoco lo es el sueño que persiguen aquellos que cuentan las mentiras. Es solo fruto del delirio, una historia tan perfecta como la cuentan. Pintando de monstruos a quienes solo seguían órdenes y miedo.
Pero, aunque yo escribiría dicha historia, aunque muchos lo querrían, no podrá hacerse. Pues solo el ganador se lleva ese lujo, otorgado por la victoria misma. Lujo del cual carecen siempre quienes están dispuestos a contar una historia real, pues han perdido la batalla, y la guerra.
Texto por JULIA RESANO (4ºD ESO)
Ilustración por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)





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