He visto ya tantos caminos que no recuerdo cuál de todos era el mío. Aunque quizás nunca tuve uno. Quizás pertenezco a esa raza extraña que nace para observar cómo otros eligen, aman, caen, mientras yo permanezco inmóvil, como una llama que ilumina los pasos de los demás y se olvida de sí misma.
El ser humano camina como si el mundo fuera certeza, pero todo lo que existe es elección.
Cada paso decide una vida, y cada vida es un pliegue del tiempo que se pierde para siempre. A veces pienso que el mayor castigo de ver el futuro es comprender que no hay futuro correcto.
Pero… ¿acaso nacemos con un fin preestablecido? ¿O de verdad tenemos libertad de elección? Y aun así, con opciones o sin ellas, todos los caminos llevan al mismo lugar. Nadie se libra de ella. Tantas veces deseamos huir que, con cada decisión que tomamos, vamos perdiendo poco a poco nuestra humanidad. Vamos perdiendo nuestra vida.
La vida y la muerte no son contrarios, aunque yo lo descubrí demasiado tarde.
Son dos habitaciones contiguas, separadas por una puerta que solo los humanos temen abrir.
Yo he cruzado esa puerta tantas veces que ya no sé en cuál de las dos estoy.

La vida se toma, se abandona, se desperdicia. Y aunque tengamos ojos, todos los humanos vivimos en la sombra. Qué ironía que sea el ciego quien mejor ve este mundo.
Tras tantos años, ya cada vez te acabas acostumbrando más a ella. Te vas percatando de que se esconde en cada rincón, deseosa de hacer su gran entrada. Sigilosa aunque rápida, es el mejor depredador; nunca nadie ha conseguido escapar de sus garras.
Mi relación con ella se vuelve cada vez más íntima, casi cotidiana; morir es solo un punto de vista más.
Y aun así recuerdo perfectamente los momentos, los aromas, las sensaciones cuando venía gente a preguntarme por ella. Una vez vino un joven con las manos manchadas de tierra: acababa de enterrar a su madre. Me preguntó si algún dios podía devolverle lo que había perdido.
Yo no supe contestarle.
Y tal vez esto sea lo peor de ver el futuro. Tantas ramas, tantas opciones y, aun así, el destino ya está escrito. Ser profeta y saber que, hagas lo que hagas, la muerte acabará llegando tarde o temprano.
Incluso en mi lecho de muerte, la gente seguía acudiendo para mi consejo. Tal vez esa sea la esencia del ser humano: aferrarnos a alguien que tiene las respuestas y depender de él. O alguien que nosotros pensamos que las tiene. Porque ninguna criatura tan frágil e ignorante como nosotros puede aspirar a comprender los secretos del cosmos; siempre hay algo que se nos escapa. Y una de esas cosas es la muerte. Tal vez es por eso por lo que la tememos tanto: no sabemos qué es ni adónde nos llevará. Lo único que conocemos es que a todos nos acaba llegando por igual.
A veces me pregunto si fui bendecido o condenado.
Ver lo que otros no ven no me hizo más sabio, solo más consciente del abismo al que todos caminamos. Comprendí demasiado tarde que no existe destino sin dolor, ni vida sin pérdida.
Y ahora que mis huesos tiemblan y la voz se me apaga, solo me queda una certeza: el futuro no es un camino que se recorre, sino uno que nos arrastra.
Quizás eso sea lo único que aprendí en todos mis años: que la muerte no llega como enemiga, ni como castigo, sino como la última verdad que por fin dejamos de temer.
Y mientras la siento acercarse, silenciosa y antigua, entiendo lo que nunca pude decirles a quienes venían buscando respuestas: no se trata de escapar de la muerte, sino de aprender a mirar la vida de frente aunque estemos destinados a perderla. Aprender a amar, disfrutar y agradecer cada día en el que podamos ver un amanecer más.
Solo entonces —solo ahí— podemos decir que realmente vimos.
Incluso yo, el ciego.
Texto de IRENE CALVO (2ºB BACH)
Ilustración de MARINA OLIVARES (4ºA ESO)




Deja un comentario