No sé en qué momento dejé de sentir el aire. Un segundo estaba respirando y, al siguiente, todo se volvió un silencio raro. Abrí los ojos y me vi en un pasillo de piedra negra, húmeda y helada. No había sol ni luna, solo antorchas que daban una luz falsa, sin calor. Frente a mí, un ser altísimo, más bestia que persona, me miraba con ojos saltones. Levantó una garra, señaló hacia adelante y dijo con voz apagada:

—Tu camino pasa por las seis dimensiones. Solo quien las cruza comprende el peso de su propia alma.

Ni tiempo me dio de preguntar nada. Mis pies empezaron a moverse solos, como si estuviera condenada a seguir.

La primera dimensión era un laberinto de espejos. Pero no eran normales porque en cada reflejo me mostraba mis errores, mis mentiras, mis gestos feos, esas palabras que solté sin pensar y que hirieron más de lo que creía. Verlo así, de frente, dolía más que cualquier golpe. Y ahí entendí que la primera tortura era enfrentar todo lo que había querido olvidar.

Los espejos se rompieron y aparecí frente a un río de cristal negro. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo. Me acerqué y de repente escuché una risa… una voz que conocía demasiado bien.

Entre las aguas apareció su rostro: esa persona que alguna vez me gustó, pero de la que nunca dije nada. Su sonrisa brillaba sobre el agua, tranquila y lejana. Quise hablar, pero no salió ni una palabra. El silencio me pesaba más que un grito.

El río empezó a brillar con recuerdos inventados: cosas que nunca pasaron, palabras que me callé, miradas que fingí ignorar. El agua me rodeó los tobillos, helada, y entendí que la segunda tortura era enfrentar lo que callé por miedo a sentir.

Cuando logré avanzar, entré en un salón oscuro. En medio, un tipo enorme con túnica negra sostenía una balanza dorada.

Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)

Por un lado aparecieron mis gestos buenos: una sonrisa, una palabra sincera. En el otro, mis enfados, mis fallos, mis mentiras. La balanza se inclinó… y antes de que pudiera decir algo, el suelo desapareció y caí.

El vacío se transformó en un bosque raro, con árboles torcidos que susurraban cosas. Voces aparecían desde la oscuridad ofreciéndome poder, venganza, orgullo. Tentaciones, básicamente. Cada palabra bonita era veneno disfrazado.

Cuando por fin encontré una salida, llegué a un puente súper estrecho sobre un abismo sin fin. Abajo, miles de almas gritaban y se agitaban como si intentaran escapar.

Crucé temblando, con el vacío tragándose cada paso. Al otro lado, un portal oscuro brillaba como si fuera agua quieta. Me acerqué y vi mi reflejo… pero no tenía mis ojos. Sonreía de una forma extraña, tranquila, casi cruel.

Extendí la mano sin pensarlo y, al tocarlo, un frío me cortó la respiración. El reflejo me agarró, como si quisiera arrastrarme. Miré atrás… y el puente ya no estaba.

Desperté en mi mesa, respirando fuerte. Intenté convencerme de que solo había sido un sueño, pero frente a mí había una hoja. Tenía escrita una frase en tinta negra:

“Algunos caminos no terminan al despertar”.


Texto por XUAN XUAN CHEN (1ºB BACH)
Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)

Deja un comentario