Aprendí a callar antes de aprender a nombrar. Las manos que me enseñaron música también me enseñaron miedo. Cuando me vistieron de reina, la enseñanza ya estaba tatuada en mi garganta.
“La niña”. “La Reina”. “La traidora”. Así me llamaron en menos de un año. Las palabras viajan y se vuelven piedra cuando las arrojan en público.
Y aun así, la noche antes de mi condena descubrí algo que no esperaba: tenía miedo. Miedo de haber perdido mi vida, de saber que ésta acabaría con apenas diecinueve años. De que nunca sabría lo que es el amor en verdad o sentir el calor de una amistad.
Aquellos que llamaba amigos me habían condenado con tal de conseguir migajas del poder. Aquel al que llamaba ‘marido’ había mandado decapitarme.
Tal y como lo había hecho con una de sus anteriores esposas.
Sin embargo, aquí estaba. Encerrada en una torre, rezando para que mi familia pudiera salir de ésta viva. Aunque ellos habían vendido mi cabeza mucho antes de que supiera que poseía una. Año tras año, yo no había sido vista como una mujer. No: yo solo era una mercancía. Un cuerpo convertido en moneda.
Y eso me lo enseñaron desde pequeña. Siendo apenas una adolescente, yo ya sabía que mi valor dependía de los hombres que me rodeaban: mi profesor de música, el administrador de mi tía, y, ahora, el Rey.
En solo un año pasé de ser una niña a la Reina de Inglaterra, en una corte deseosa de arrancarte la cabeza ante el más leve signo de debilidad. Y, aun así, él me llamaba su rosa sin espinas. Qué ironía: las rosas debían crecer en un jardín, rebeldes y naturales, no cortadas y marchitas en un jarrón.
Una rosa no debería estar encerrada en una torre.

A mi llegada a palacio, hace menos de un año, los susurros recorrían los pasillos como un veneno dulce. “Demasiado joven”, “demasiado hermosa”, “demasiado fácil de moldear”.
Y entonces lo conocí: un joven consejero tan atrapado como yo en esta jaula bañada en oro.
Cuando mi marido no estaba, él y yo compartíamos conversaciones a escondidas, casi siempre en un rincón de los jardines. Me hablaba como si yo fuera una persona, no un adorno. Compartíamos secretos de los que solo sería cómplice la luna. Y, por primera vez, me sentí escuchada. Sentí que por fin era yo quien tomaba las riendas de mi vida.
Y cuando ya no podíamos vernos sin riesgo, recurrimos a la tinta. La última de las cartas acababa firmada bajo mi nombre: siempre tuya.
Pero en palacio nunca hace falta verdad para destruir a alguien, solo hambre. La corte me acusó de infidelidad ante el rey, y mi palabra no valió nada. Bastó encontrar aquella carta para sellar mi muerte.
Por más que quisiera retrasarlo, el sol terminó saliendo, fiel promesa de las sentencias del poder. Los guardias sellaron mi destino y me llevaron, muy a mi pesar, a la plaza junto a la torre donde había pasado mi última noche.
Mientras subía los escalones del estrado donde el verdugo me esperaba, pensé en la única persona que me había escuchado. No como reina, ni como amante. Sino como amiga. Pero nada de eso importa ya.
No se atrevieron a darle voz a su propia reina. Tal es así que, después de mi ejecución, intentaron silenciarme. Me borraron de los retratos, arrancaron mis vestidos de las paredes y ordenaron que nadie pronunciara mi nombre en voz alta.
Pero la tinta no se calla del todo.
A ti, que quizás nunca llegues a leer esto: no soy la mujer cuyo nombre ellos escribieron en sus listas. Soy mucho más pequeña que la corona y mucho más grande que la vergüenza que me colgaron.
Siempre tuya,
Katherine Howard
Texto por IRENE CALVO (2ºB BACH)
Ilustración por JIMENA PEDRERO (2ºB ESO)





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