No hay vista más hipnótica que la del océano en la costa rompiendo sus olas furiosamente contra las rocas desgastadas. Y es que, al mirarlo, parece no haber nada más; estás tú, el gigante azul, y un acogedor silencio roto por sus violentas olas y alguna gaviota que te sobrevuela por casualidad. Aparte de ello, nada perturba el silencio que se impone en el océano, salvo por un problema: que nunca hubo silencio.
Los mares son los grandes hogares de miles de millones de especies; tanto fauna como flora, recogiendo el 80% de la vida terrestre. Si en Madrid hay un ruido abrumador, ¿por qué los océanos deberían estar en calma? Cierto es que nuestro oído y el agua no se llevan especialmente bien, ya que al ser un medio de propagación mucho más rápido que el aire, al que estamos adaptados, los sonidos bien se distorsionan, bien se pierden. No obstante, eso no impide que otras especies sí hayan evolucionado para escucharlos.
Muchos poetas han cantado a los canarios, siendo su canto símbolo de felicidad y libertad. En ese sentido, el océano tampoco se ha quedado atrás. Si existe un ser capaz de dominar la acústica marina, solo podemos referirnos a las belugas, los grandes canarios del océano.
Las belugas (Delphinapterus leucas) son cetáceos odontocetos (es decir, con dientes) que habitan las frías aguas árticas. Estos adorables animales que nos miran con su característica sonrisa, son de la misma familia de los misteriosos narvales (Familia Monodontidae), y además destacan por su blanca piel. Mientras que las hembras pesan entre 400-1300 kg. y miden en torno a los 3-4,1 m., los machos pueden alcanzar los 1500 kg. y fácilmente los 5m. Su alimentación se basa en pescado y calamares, además de darse ocasionalmente un capricho de crustáceos.

Curiosamente, las belugas, a diferencia de otros mamíferos acuáticos, no tienen aleta dorsal, que sustituyen por una giba (como una cresta) para poder nadar bajo el hielo sin problemas. Además, sus vértebras cervicales no están fusionadas, por lo que puede mover la cabeza con mayor libertad. Sin embargo, lo más curioso de estos animales es el enorme abultamiento en su cabeza, que graciosamente se llama melón. Este es un órgano de tejido graso que es crucial para la ecolocalización. Es decir, es una especie de sonar que les permite nadar, cazar o comunicarse a través del sonido, además de emitir un gran repertorio de vocalizaciones. De ahí el mote de “canarios marinos”.
El melón se encarga principalmente de enfocar y amplificar sonidos. Claro, no os imagineis gritos ni grandes graznidos; hablamos más bien de “clicks” que emite la beluga hacia el agua, rebotando con todo objeto que se tope. Así, gracias a esta ecolocalización, es capaz de ubicarse en el espacio (ya que es el oído, y no la visión, su sentido principal), detectar posibles presas y sobre todo, encontrar respiraderos en el hielo. Es como llevar un GPS, sin necesidad de satélites. Y por muy increíble que parezca, las belugas son las únicas que pueden mover su melón a voluntad, lo que les permite modular y dirigir señales con mayor precisión.
Si no era suficiente sonido este, además, estos animales son capaces de emitir una gran variedad de silbidos, es decir, vocalizaciones, además de chirridos, cloqueos y trinos para comunicarse entre ellas. Creo que el apodo empieza a cobrar aún más sentido, ¿no? Ahora bien, no tiene cuerdas vocales; las vocalizaciones se emiten a través del espiráculo (el agujerito de la cabeza por el que echan agua, vamos), mientras moldean sacos de aire a su voluntad para emitir uno u otro sonido. Es más, se ha demostrado que entre madres y crías existen vocalizaciones exclusivamente para comunicarse entre sí frente al resto del grupo.
Así, las belugas, además de ser monísimas, son unas expertas en bioacústica, y sus habilidades nos permiten entender un poco más el silencioso jaleo de la vida marina. Muchas poblaciones de belugas realizan migraciones marinas, por lo que la ecolocalización es vital para su supervivencia. En verano, es común verlas en aguas cálidas y poco profundas, como las bahías y estuarios de algunos ríos.

Sin embargo, las belugas no son una excepción en lo que se refiere al impacto humano en el medio salvaje, y es que cada día son muchas las causas que amenazan las poblaciones de belugas. Entre ellas, encontramos la caza, la destrucción de su hábitat, la contaminación acústica, la emisión de vertidos tóxicos que almacenan en su cuerpo (como los PCBs) y la competencia por el alimento por la sobreexplotación pesquera. ¿Cuántas de esas causas son provocadas por la mano humana?
Queremos creer que controlamos todo lo que vemos, que lo poseemos. Nunca lo hemos hecho. Después de todo, nos creemos capaces de todo, y tanto nos hemos preocupado por hacerlo que no nos hemos ni planteado si debíamos. No obstante, no solo no controlamos la naturaleza, sino que dependemos de ella y ante la Madre Naturaleza, la humanidad sigue en pañales; en realidad, no sabemos prácticamente nada. Mucho nos queda por aprender del medio natural; este artículo sobre las belugas seguramente no desvele ni la mitad de la complejidad de estos animales, pero si destruimos la naturaleza nunca llegaremos a aprender nada.
De todas formas, no hay verde sin azul; proteger nuestros océanos es proteger la vida en la Tierra. Es hora de actuar y no controlar, sino aprender.
Texto y fotografías por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Fotografías realizadas en el Oceanogràfic de Valencia





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