En el año 1922, gracias al descubrimiento de la tumba de Tutankamon, el mundo empezó a interesarse mucho por la egiptología y por la arqueología.

Grandes grupos de arqueólogos hacían excavaciones e investigaciones allí, pero no todo el mundo iba por interés científico e histórico. Había gente que lo único que planeaba era adueñarse de los tesoros que escondían las pirámides y hacerse ricos. James y Jonathan eran dos de ellos. No les importaban los hallazgos ni los descubrimientos históricos, a ellos lo único que les interesaba eran las riquezas que guardaban las pirámides. Ambos planeaban trabajar al principio como excavadores legítimos, y lo consiguieron, pero poco a poco cambiaron su opinión, porque, cuando en las excavaciones no pagaban bien, los trabajadores robaban algunos objetos pequeños fáciles de esconder que luego vendían a coleccionistas privados. Y eso es lo que empezaron a hacer ellos. Pero, cuando su jefe se enteró, decidió despedirles por robo, y estos decidieron planear una venganza. Un golpe a una de las pirámides.

Ilustración por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)

Estuvieron en todas la reuniones y excavaciones, escondidos, para enterarse de la mayor cantidad de datos posibles acerca de la pirámide. En una de estas reuniones escucharon acerca de una escultura llamada “el gato de Anubis”, que era un gato tallado en obsidiana de un valor incalculable. Consiguieron diseñar un plano con las trampas y los pasadizos del gran sepulcro, así que ya lo tenían todo. Se dirigieron a la pirámide, asegurándose de que nadie les viera, y se adentraron en ella.

Cuando entraron se encontraron con una estancia enorme llena de dibujos y jeroglíficos por las paredes. James y Jonathan quedaron maravillados por la belleza del interior de la pirámide; jamás habían visto algo tan hermoso porque no tenían suficiente rango como para asistir a las excavaciones dentro de las pirámides, y estuvieron a punto de pisar una trampa, pero sabían que tenían que concentrarse para no caer en ninguna de ellas.

Ambos caminaron con sigilo esquivando todas las trampas que llevaban meses estudiando, y al final lograron llegar hasta la tumba del difunto faraón,  y encontraron la escultura de un gato tallado meticulosamente: era de obsidiana y tenía el collar y los brazaletes de las patas de oro, y también tenía rubíes en los ojos.

James se preparó para cogerlo pero Jonathan le dijo:

—Ten cuidado, he oído que robar el gato de oro trae la desgracia y la ruina.

James rio y dijo:

—¡No pasará nada! ¿De verdad crees en maldiciones absurdas como esas? Si crees en esas cosas mejor deberías volver a tu casa y olvidarte de la misión —y cogió una piedra para intercambiarla por el gato, pero justo cuando iba a hacerlo soltó un grito y cayó para atrás.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Jonathan—. ¿Acaso has visto un fantasma?

James se levantó tembloroso y dijo:

—E…el gato me ha bufado.

Jonathan rio y dijo:

—¿Cómo te va a bufar esta cosa? —y al decir eso señaló al gato, pero cuando lo hizo sin querer lo tiró y activó la cadena de trampas.

Los asaltantes cogieron el gato y echaron a correr hacia la salida. Por el camino se cruzaron con múltiples trampas, pero, cuando estaban a punto de salir, un foso se abrió delante de ellos. Jonathan, que era el que llevaba el gato, tropezó y cayó al foso, pero logró agarrarse con una mano.

—¡Ayúdame! —gritó desesperado.

—¡Dame el gato y te ayudaré a subir! —le dijo James.

Jonathan, que casi no podía aguantar más, le dio la escultura y James lo agarró, pero en vez de ayudarle a subir puso un pie encima de su mano.

—No me puedo permitir compartir el tesoro contigo, mi buen amigo —y le pisó la mano haciendo que se precipitara al vacío. Jonathan cayó profiriendo un horrible grito. James dio media vuelta y siguió andando, pero en un descuido olvidó las trampas y pisó una de ellas. El asaltador miró arriba con cara de preocupación y vio una enorme roca cayendo hacia él, y solo pudo gritar pidiendo ayuda antes de que esa roca acabara con su vida como él había acabado con la de su amigo.

Pasaron semanas y nadie se percató de la ausencia de James y Jonathan. Las excavaciones y las investigaciones siguieron su curso de manera natural hasta que se decidió explorar la pirámide en la que habían entrado aquellos dos asaltantes. Todo seguía exactamente igual, y el equipo de búsqueda quedó impresionado al ver aquello y pensaron en volver, pero en aquel escuadrón estaba el jefe que había despedido a James y a Jonathan. Y él decidió que se quedarían a buscar, porque les habían llegado señales de que en aquella pirámide se podría encontrar “el gato de Anubis”, y él examinó meticulosamente la pirámide, y vio algo que le dejó maravillado: había una roca enorme de debajo de la cual salía una mano inerte, y al lado de aquella mano estaba la ansiada escultura del gato tallado en obsidiana. El jefe se acercó corriendo y la cogió.

—Por fin estarás donde debes estar: en un museo.

Y el equipo de búsqueda salió de allí dejando a los cuerpos de James y Jonathan sin el tesoro que les había costado la vida.


Texto por LEYRE FERNANDEZ (1ºA ESO)
Ilustración por JULIA GALLARDO (4ºA ESO)

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