Siempre me ha gustado la Navidad. Recuerdo esas tardes de diciembre, en las que se iluminaban las sombras de la noche con nuestra ilusión por estas fechas. Adoraba ese día en el que toda la familia nos reuníamos en el salón y poníamos todos juntos el árbol y el belén. Y, como toda niña pequeña en estas fechas, me entusiasmaba pensar qué me traerían Papá Noel y los Reyes Magos. Pero mi familia me enseñó que la Navidad no solo son los regalos, sino también el tiempo que pasas con tus seres queridos y la memoria del nacimiento de Jesús.

Sin embargo, al crecer me di cuenta de que la Navidad que yo vivía no siempre coincidía con la que mostraba la sociedad.
Vivimos en un mundo en el que la religión se va quedando cada día más atrás. Una sociedad en la que nos regimos por ver quién consigue más regalos en estas fechas —como Dursley en la famosa escena de Harry Potter en la que le reprocha a sus padres que solo le dieron 21 regalos— o ver quién sube a Instagram la foto más aesthetic.
La palabra Navidad proviene del latín nativĭtas, que significa nacimiento, refiriéndose al nacimiento de Jesús. Sin embargo, el nacimiento de Jesucristo no fue siempre el 25 de diciembre; algunos estudios sugieren que Jesús nació en primavera o principios de otoño. Esto se debe a que, como los pastores estaban en el campo cuidando sus rebaños, el clima debería ser propicio para ello.
Entonces… ¿por qué se celebra el 25 de diciembre?
La Navidad tuvo su origen cuando el emperador Constantino (quien buscó reemplazar las fiestas paganas del solsticio de invierno, como las Saturnales y el Sol Invictus, para facilitar la conversión de los romanos al cristianismo) estableció el día que hoy conocemos como Navidad.
Y así, con el paso de los siglos, la Navidad ha ido convirtiéndose en una de las fechas más importantes y esperadas, no solo para el calendario cristiano sino también a nivel mundial.
No obstante, con la llegada del siglo XX, empezó a haber tensiones entre el cristianismo y el resto del mundo, llevando a la Navidad a ser más reconocida por las luces, los regalos, el consumismo o Papá Noel. Ya sin esperar siquiera a que llegue la Navidad, la publicidad consumista empieza con el Black Friday, al último viernes de noviembre, y termina a mediados de enero, con variedad de estrategias comerciales para conseguir en este tiempo al menos el 50 por ciento de las ventas de todo el año. Como dice J. Riechmann (filósofo, poeta y ensayista): «El consumismo no es malo por sí mismo, pero se vuelve perjudicial cuando se convierte en un fin y se usa para medir el éxito político».
Por lo tanto, la Navidad se ha transformado en una celebración de carácter principalmente social y cultural, más centrada en la convivencia, el intercambio de obsequios y el ambiente festivo que en su sentido religioso original. Este proceso de secularización ha hecho que la festividad se difunda a nivel mundial, convirtiéndose en un periodo asociado con las reuniones familiares, las tradiciones culturales y el incremento del consumo.
A lo largo de la historia, esta festividad ha cambiado tantas veces de forma que casi ha llegado a olvidarse de su propio origen. Hoy vivimos rodeados de luces, compras de última hora y fotos impecables que buscan más aprobación que significado. Sin embargo, detrás de todo ese ruido sigue existiendo la misma pregunta que dio sentido a esta fecha hace siglos: ¿qué celebramos realmente?
Quizá recuperar el valor de la convivencia, de la memoria y de la fe —sea religiosa o simplemente humana— sea la manera de reconciliar esta fiesta con lo que alguna vez fue. Porque, más allá del consumismo y las apariencias, la Navidad continúa siendo una invitación a detenernos, mirarnos a los ojos y recordar que lo verdaderamente valioso no cabe en ningún regalo.
Y, aún así, pese a su transformación, sigo creyendo que la esencia de la Navidad está en aquello que vivimos con quienes queremos.
Texto por IRENE CALVO (2ºB BACH) y ASTRID FERNÁNDEZ (2ºB ESO)
Ilustración por CRISTINA AGEA (2ºA BACH)





Deja un comentario