Y un año más, las luces iluminan de nuevo Madrid, y las sonrisas y los regalos inundan los anuncios televisivos, mientras tú llevas viendo el turrón en el supermercado desde finales de octubre. Por muy distópico que parezca, esta es la realidad de la Navidad: un día que dura tres meses enteros. Una celebración que celebra la unidad entre las personas ha relegado los valores que representa por un desorbitado consumismo que llama a nuestras puertas, desde incluso antes de terminar Halloween. La verdad sea dicha, no soy el Grinch, pero somos muchos los que nos empezamos a cansar de los renos en verano. Mientras un año más esperamos bajo el árbol a Santa Claus, ¿hasta dónde llegaremos a deformar la Navidad por unos regalos más?

Si pensamos en los mayores símbolos de estas fechas, pocos son los que no han sido hijos de comercio. Seamos sinceros; Coca-cola hizo a Papá Noel el mayor glow up de la historia; del San Nicolás de las iglesias cristiano-católicas al Santa Claus vestido de rojo con una misión: repartir regalos. Y es que la imagen de nuestro primer gran protagonista es una versión capitalista de una enternecedora historia del este europeo. Así, la historia de ese a quien hoy llamamos Papá Noel, sería la historia de San Nicolás de Bari, un obispo griego conocido por su gran generosidad al regalar oro a familias pobres, un testimonio de solidaridad (retocada por la fusión con varios mitos sobre Odín, claro). Hoy, ese generoso obispo se ha transformado en el embajador de la Navidad de la Coca-cola, relegando a un segundo plano los valores iniciales hasta transformarse en un paradigma meramente materialista.

De todas formas, San Nicolás no es la única víctima. Miles de anuncios y tiendas gritan al unísono “¡compra, compra!” mientras tú luchas por no dejarte un riñón en la cena de Navidad. Servir los mejores platos y regalar los mejores regalos parece ser el único motivo de, más que celebración, competencia por impresionar. Y claro, luego están las cenas de empresa, los regalos del “amigo invisible”, las navidades, los reyes magos…Nos tiramos el año entero diciendo de deshacernos de las cosas que no necesitamos, para terminar el año con aún más cosas que acabarán en un cajón apartadas. Y ya ni hablar del impacto medioambiental que este hiperconsumismo produce, ¿verdad?. 

El devastador efecto de la contaminación producido por el vertido de dichos desperdicios es una de las principales causas de la destrucción de ecosistemas enteros. Y aún nos seguimos preguntando por qué son cada vez más especies que ven sus hogares destrozados. Pero es que el impacto no se traduce solo en la basura vertida por estos mismos objetos al no usarlos más, por supuesto, sino en la contaminación de las aguas, del aire y de los suelos en el proceso de fabricación, así como al obtener la materia prima necesaria. Islas de plástico navegan por nuestros mares, ríos llenos de basura vierten su contaminación a nuestros océanos, y la biomagnificación de microplásticos dentro de las cadenas tróficas supone cada vez más una amenaza incluso a nuestra propia salud.

El hiperconsumismo nos asfixia. 

Mientras tanto, en Madrid se empiezan a decorar las calles a finales de octubre.

Como hemos podido intuir con la historia de San Nicolás de Bari, en realidad, la Navidad es un collage de muchas fiestas. Los romanos en las Saturnales y los nórdicos con Yule nos regalaron un legado que el cristianismo ha acogido en el seno de su celebración más importante; el Nacimiento de Jesús. Y como sus herederos, hemos olvidado por completo lo que estas fechas significaron para ellos. Embebidos en el consumismo, la propaganda, el materialismo, parecemos olvidarnos de lo que subyace a todo esto; nosotros mismos.

Son muchas las personas que pasan las navidades sin sus seres queridos; otras muchas no son capaces de reunir los atributos de las navidades materialistas. Es una realidad a la que las grandes empresas prefieren ignorar. Basta ya. Tenemos que volver a reivindicar la verdadera naturaleza de estas fechas, realmente no estamos aquí por los regalos ni por las comidas; estamos aquí para celebrar a las personas que nos acompañan en nuestro día a día y es nuestro deber ayudarles.

Solo mirándonos a nosotros mismos, sin los regalos, ni las comidas, seremos capaces de ver lo que realmente importa. A veces, lo más importante huye de las miradas, pero debemos aprender a mirarnos los unos a los otros, y apreciar el hecho de estar justo donde estamos, rodeados de personas que nos quieren y con más oportunidades de las que a veces somos conscientes. No podemos seguir dando por sentado todo lo que somos. Una vez alguien me dijo que somos un museo de todas las personas a las que alguna vez hemos querido; tal vez estas navidades debamos visitar esa galería en vez de perdernos entre paquetes y comilonas. 

Y puede que, tras todo esto, os sorprenda; yo adoro la Navidad.

Al fin y al cabo, hemos hablado tanto sobre ella, que no sabemos ni lo que significa para nosotros. Puede que la Navidad no sea el anillo más grande, o el juguete más caro; puede que ni siquiera sea la comida familiar más numerosa. 

Quizá la Navidad es un día de descanso en la guerra. Quizá la Navidad sea un abrazo cuando más lo necesitamos, un gesto generoso hacia el prójimo. Tal vez la Navidad sea mirar a tu alrededor, y ver que no hay mayor regalo que la gente que te acompaña, en las buenas y en las malas. Esas mismas personas con quienes compartes risas, sueños, lágrimas y experiencias. Esas mismas personas de las que aprendes más que de los libros de texto, e incluso esas otras con quien nunca pensaste que vivirías tanto. 

Para mi la Navidad es una carta de una niña, de por aquel entonces siete años, muy especial. Una carta que, aunque no estuviera perfectamente coloreada ni escrita, tiene en ella parte de la esencia de la Navidad: el amor. Lo más importante de la Navidad no son los regalos, ni las luces, ni siquiera el turrón. Es la felicidad, y para llegar a ella, solo nos necesitamos los unos a los otros. Quizá un regalo humilde, pero el más valioso de ellos. 

De todas formas, la Navidad es un niño nacido en un pesebre.


Texto por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Ilustración por MARINA OLIVARES (4ºA ESO)

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