Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar perdido, en el que el tiempo parecía no pasar, había un gato negro, con los dedos de las patas azules, el interior de las orejas azul y una extraña marca en la frente azul, además de unos inmensos ojos azules, que al mirarlos te perdías en un inmenso mar con dos rayas negras. Este gato, paseaba a sus anchas por calles, casas, palacios y bosques de todo el reino perdido. Vivía con un señor de unos cincuenta años de pelo negro y rizado, al que ya se le empezaban a vislumbrar algunas canas. También tenía los ojos azules, pero a diferencia del gato, que los tenía de un azul intenso, este los tenía más claritos, de un tono pastel, aunque no eran iguales que los de los otros hombres con ojos azules, ya que a ellos se les veían fríos, miestras que a él se le veían cálidos, como una manta de comodidad y tranquilidad. El señor, llamado Borja, era un mago de las estrellas, pero lo más importante para él, y lo que lo había convertido en lo que era, era aquel pequeño gato.

Hace aún más tiempo, cuando Borja era tan solo un aprendiz de brujo, pasó algo que cambió el rumbo de su vida. Era un día normal; estaba en la explanada de césped frente a la casa de su maestro ayudándolo con los ingredientes de una poción.
—Hijo, pásame la raíz de mandrágora y el muérdago, por favor. Y ten cuidado de no tirar nada, no son ingredientes fáciles de conseguir.
—Está bien maestro; tome —dijo tendiéndole en una mano la raíz y en la otra el muérdago. Antes de que el maestro se girara y pudiera coger los ingredientes, un gato negro saltó y se los arrebató de entre las manos.
—¡Espera! ¡Vuelve aquí! —gritó al gato. De un momento a otro se encontró corriendo tras el animal, extrañamente rapidísimo—. ¡Enseguida vuelvo maestro! —gritó mientras se alejaba a un ritmo imposible de seguir.
Tras un rato corriendo por el campo, llegó al pueblo. El gato desapareció entre la multitud. Era día de mercado, por lo que la plaza estaba abarrotada.
—¡No! Lo he perdido. ¿Cómo le explico al maestro que he perdido los ingredientes más difíciles de encontrar? Nunca seré un gran hechicero como él —dijo muy enfadado y decepcionado, mientras se alejaba de la plaza y se sentaba en un banco. Se frotó la cara con las manos mientras suspiraba. Entonces, apareció el extraño gato mirándole con sus grandes ojos con mirada triste.
—¿Qué más quieres? Ya me has robado ¿Qué te pasa? ¡Puff!, esto es una estupidez. ¿Cómo voy a hablar con un gato? Si ni siquiera me entiendes.
—Miau —dijo el gato, para llamar la atención de Borja, que seguía con las manos en la cara.
El gato saltó, subió al banco, miró a Borja con esos ojos llenos de pena en los que se podía ver lo que pensaba y se subió a su regazo para frotarse contra él. De un momento a otro el joven ya le estaba acariciando.
—¿Cómo me voy a enfadar contigo? Si solo tenías hambre, normal que te hayas comido los ingredientes, realmente era lo más rico que había en aquella poción.
El gato bajó de otro salto y salió corriendo. Al ver que Borja no le seguía, se paró en seco y le indicó con un gesto de cabeza que le siguiera. Aunque Borja estaba muy confundido decidió que ya que no iba a recuperar los ingredientes, al menos iba a retrasar lo máximo posible el regreso con el maestro, el cual le iba a regañar mucho y probablemente no quisiera que siguiera ayudándole. Por lo que ya que no perdía nada por seguirle y fue tras él. El gato cogió un palo y en el suelo de tierra dibujó una estrella fugaz en un cielo lleno de estrellas y una luna. Borja no entendía nada, pero entonces el gato volvió a salir corriendo hacia una tienda. Al entrar, vio que estaba llena de artilugios de astronomía. No vió al dueño, por lo que siguió al gato hasta la trastienda. El minino se metió en una bolsa grande de deporte y Borja esperó a que sacara algo o pasará algo. Pero no pasó nada. No quería abrir la bolsa, a ver si el gato se iba a enfadar y a saltarle encima. Así que se puso de rodillas, ante la bolsa, y pegó el oído para poder escuchar lo que estaba haciendo el gato. Para su sorpresa, no escuchó nada. Se quedó paralizado. Acababa de ver a un gato entrar y ni la bolsa se movía ni se escuchaba nada. Decidió abrir la bolsa y ver si estaba exagerando demasiado. Pero no era así. El gato no estaba ahí. Metió la mano y no había nada, ni siquiera un pequeño rastro de que alguna vez un gato se hubiera metido ahí. De hecho (ahora que lo pensaba) se dio cuenta de que aquel gato no había soltado pelo en ningún momento. Se asustó y pensó que se estaba volviendo loco, cerró la bolsa, retrocedió mirando aún a la bolsa, y se tropezó con un polvoriento taburete de madera. Cayó al suelo con gran estrépito, sin poder apartar la vista de la bolsa. Entonces, la cremallera que acababa de cerrar se empezó a abrir, y apareció la cabeza del gato. Abrió la boca y Borja vio en ella un montón de estrellas blancas en un oscuro cielo.
—¿Qué haces ahí tirado? ¿Y por qué haces tanto ruido? —dijo el gato, extrañado.
—Ha… ha… ¡¿hablas?! —contestó atónito.
—Sí. Por el amor de Dios: no pensarías que un gato así de inteligente sería un gato callejero normal y corriente, ¿no? —Borja titubeó sin ser capaz de pronunciar ni una sola palabra—. Ya veo. Bueno, levántate. Has sido elegido por mí, para una de las tareas más difíciles e importantes del mundo. Vas a ser el guardián de la noche. Como ya habrás visto, esta tienda está llena de artilugios de astronomía. Aunque es solo una tapadera. ¡Ay, de verdad! ¿Te quieres levantar? Veo que no te estás enterando de nada. Así que te lo voy a enseñar. Entra —dijo de manera natural, como si todo eso fuese lo más normal que hace un gato en una trastienda.
Borja se acercó a la bolsa por la que acababa de desaparecer el gato, y esta vez sí que había dejado una marca, un arañazo. Aunque seguía paralizado, se dio cuenta de que eso demostraba que no estaba loco. Se puso de cuclillas, metió la mano, y esta vez no tocó el fondo de la bolsa. El gato volvió a salir para meterle prisa.
—¿A qué esperas? ¿A una invitación de tu maestro? Vamos, entra —dijo un poco malhumorado.
Metió el brazo entero, la cabeza, y después el resto del cuerpo y apareció en un lugar muy distinto a el que estaba. Se encontraba en una plataforma de color negro, en medio de un cielo estrellado, con constelaciones y con una increíblemente luminosa luna blanca que era el motivo por el cual podía ver dónde se hallaba. Miró a todos lados y acabó mirando hacia arriba, asombrado por la belleza de aquel mágico lugar.
—Bienvenido a la Estación. Este es el lugar desde el que controlamos la noche. Las estrellas, las constelaciones, hasta el brillo de la Luna —dijo el gato en tono solemne y lleno de pasión que le hizo ver a Borja que ese era el lugar más preciado del gato.
—Un momento: ¿cómo que nosotros? —contestó atónito.
—Te he elegido para ser el guardián de la noche, aprendiz del gato de las estrellas, mago de la noche.
Borja no lo podía creer. En un solo día había dejado de ser el aprendiz de un mago para convertirse en el de un gato. Esto parecía una locura. Pero, por la pasión con la que estaba contando todo el gato, pensó que no le iba a romper el corazón.
—¡Mira! Ahí viene nuestro transporte —dijo el gato, señalando a una cosa luminosa que parecía un cohete que se acercaba a ellos a toda velocidad—. Es una estrella fugaz —explicó—. Nos llevará a nuestra misión. Fugaz estrella de las estrellas, llévanos de paseo por la noche —dijo, esta vez dirigiéndose a la estrella en la que se acababan de sentar—. Por cierto, me puedes llamar Nocturn. Y, para que lo sepas, solo puedo hablar aquí. Bueno, y en la bolsa, pero solo porque estaba medio metido aquí.
Pasaron unos minutos en lo que lo único que hicieron fue mirar con asombro a las estrellas. La estrella no iba muy deprisa, pero aún así, su velocidad empezó a aminorar, hasta que llegó a un punto en el que andando irían al mismo ritmo.
—¿Ves todo esto? Pues yo me encargo de todo. Mi misión es hacer estrellas y cuidar de ellas. Mira —dijo con un tono mágico y tranquilizador.
El gato abrió la boca y escupió un montón de estrellas que saltaron en todas direcciones y se pegaron al cielo. Posteriormente la estrella en la que iban montados subió y el minino pasó la pata por el cielo, cambiando de lugar las estrellas y creando constelaciones.
—¡Es increíble! —dijo Borja asombrado.
—Si. Y ahora es tu turno, pasa la mano por el cielo tocando las estrellas.
Borja pasó la mano por el cielo, y notó como si la estuviera metiendo en agua fría, pero con la particularidad de que no se mojaba, y cuando lo hacía, las estrellas se movían como hojas en el agua. Poco a poco, las estrellas empezaron a formar distintos dibujos, y enseguida Borja comprendió que su misión era hacer las constelaciones.
—Mis dedos son demasiado cortos y mi pata demasiado grande como para hacer las formas de las constelaciones. Pero no es tan fácil e inútil como parece. Primero, deberás aprenderte todas las constelaciones y cómo hacerlas, para ello te moverás con la estrella, ya que algunas serán demasiado grandes. Segundo, deberás saber cuándo y cómo hacerlas. A saber: las constelaciones que tu crees, afectarán a la magia, como a la de tu exmaestro —dijo, dando por hecho que aceptaría el trabajo (claramente, después de todo, lo aceptaría)—. Además de afectar a las plantas y animales, muchos de los cuales usan las constelaciones para guiarse en diferentes aspectos de la vida. Yo te enseñaré todo lo necesario para encargarte de ello, mientras que yo crearé las estrellas y controlaré la Luna.
Texto por ASTRID FERNÁNDEZ (2ºB ESO)
Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)






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