El frenesí urbano invade las calles de esta vieja pero tan moderna ciudad. Casi huyendo de la gente, me abro paso entre coches y viandantes hasta alcanzar ese pequeño lugar al que llamo hogar. Guiada por mis pasos, las prisas se diluyen con el aroma a café recién hecho. Por fin he llegado a casa. 

Desganada, tiro mi mochila al sofá. La rutina algún día llegará a matarme. Esta ciudad ahoga mis esfuerzos por pertenecer a ella; sus montañas de hierro y hormigón no me hacen sentir nada, no encuentro vida entre sus bulliciosas calles. Sin embargo, aún quedan cosas por hacer. Con gesto cansado, riego las pequeñas plantas de mi ventana; los últimos resquicios verdes en la gran ciudad. No puedo entretenerme, aún hay trabajo que hacer. Las horas muertas pasan por el reloj, mientras intento llevar al día mi tarea. Cuando he terminado, el sol está muriendo en el cielo. Otro día perdido.

Resignada, vuelvo a mi escritorio, ese pequeño rincón del mundo enteramente mío. Aún tengo tiempo antes de ir a la cama. Tenía que aprovechar. Miro por la ventana que enlaza ambos mundos; el sol moribundo iluminaba el mío, mientras que la gran ciudad se oscurece en la noche. Enciendo ese ordenador en el que tanto tiempo he trabajado y con decisión abro un nuevo documento. Mis manos se detienen, y apoyadas en el teclado, se niegan a escribir. No soy capaz de pensar, necesito a mi musa. Con paso decidido me acerco a ese polvoriento tocadiscos, aún funcional, y dejo que ejerza una vez más su misión. 

Con un solo de trompeta, pido inspiración a Apolo, mientras mis manos comienzan a teclear. Letra a letra, frase a frase, la melodía se transforma en un pequeño relato. Un paso calmado acompaña la narración, mientras la orquesta empieza a entrelazarse con ese primer instrumento. Un piano cambia el tono de voz, y el estallido musical sacude el texto con tenacidad. La melodía se adueña de mi ser; no soy yo quien escribe, sino la música a través de mí. Mirada fija en la pantalla, las manos se arrastran por ese viejo teclado una vez más, acompañadas de un solitario piano. Y el mismo estribillo se repite una vez más. El frenesí urbano por fin abandona mi mente; no más cálculos, no más teoría, no más nada, solo ese piano. Quizá ese era el único momento en el que podía ser yo misma, sin miedos, sin prejuicios. Solo el papel era testigo de mi verdadero ser, y era un secreto que debía guardar eternamente.

Ilustración por ELENA VALDEZ (ALUMNI)

La melodía se calma, el éxtasis musical se disipa, mi mente retorna a mi ser. Leo detenidamente el texto ante mí; las palabras parecen tener un significado que solo yo entiendo, o alguna vez entendí. La noche invade las solitarias calles, la rutina volverá a comenzar mañana. Y tendré que esperar otro día más a escribir, a volver a escuchar esa añorada sinfonía.

De todas formas, Rhapsody in Blue siempre fue mi favorita.


Texto por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Ilustración por ELENA VALDEZ (ALUMNI)

Deja un comentario