Es una experiencia universal estar en la piscina en verano y ver a la avispa de turno zumbando entre las duchas o en las escaleras, con su aguijón preparado para propiciar su próxima picadura. Y ¿a quién no le ha picado uno, o varios mosquitos, dejando esas molestas picaduras a su antojo? Todos hemos sido importunados alguna vez por algún insecto, pero ¿realmente lo hacen “por fastidiar”?
Aunque el humano tiene la mala costumbre de pensar que todo gira en torno a sí mismo, los insectos han estado zumbando sobre la faz de la tierra desde el Paleozoico. Por una vez, debemos quitarnos el foco de atención para poder alumbrar las dudas en torno a este peculiar grupo de animales. Sin ir más lejos, debemos preguntarnos qué es lo que entendemos por insecto para entenderles mejor.
Para resumir una larga clasificación de animales, comenzamos a desglosar desde los animales celomados, aquellos que poseen una oquedad en el que se contienen sus vísceras. Pues bien, si continuamos clasificando, nos encontramos en otro cruce de caminos: los animales deuterostomados, y protostomados. La diferencia entre ambos grupos se encuentra en el desarrollo embrionario; en los deuteróstomos el primer orificio que se formará será el ano (como los equinodermos y cordados), mientras que en los protóstomos será la boca. Y será de este último grupo del que seguiremos clasificando.
Así, dentro de este grupo encontramos a los anélidos, los moluscos y los artrópodos, filo al que pertenecen nuestros protagonistas. Sin embargo, desclasificando a los quelicerados, nos encontramos principalmente con tres clases: miriápodos, crustáceos e insectos. Así, los insectos son los animales invertebrados protostomados del filo artrópodos, que poseen un cuerpo con cabeza, tórax y abdomen, un exoesqueleto de quitina, además de un par de antenas, dos pares de alas (élitros y halterios) y tres pares de patas articuladas. Ajustándose a esta clasificación, los ciempiés y milpiés (c. miriápodos), así como los caracoles (f. moluscos), junto con las arañas y escorpiones (c. arácnidos) quedan fuera de este artículo.
Ahora bien, ¿por qué nos pican los insectos? La respuesta es sencilla: son sus pequeñas armas químicas las que bien les ayudan a cazar, bien les protegen de peligros inminentes, en ese caso, nosotros mismos. Y es que los insectos pueden ser tanto herbívoros como carnívoros, y de esta relación comida-comensal, es de donde extraemos la respuesta. Si observamos a los insectos herbívoros, son muchos los comensales que se alimentan de las plantas: pulgones, abejas… Sin embargo, aunque las plantas son seres vivos sésiles, tampoco les gusta ser comidas. Como defensa, desarrollan toxinas que repelen o matan directamente al pequeño consumidor. No obstante, la lucha por comer y ser comido no acaba ahí: existen insectos que son capaces de reservar el veneno de las plantas en glándulas especializadas, no ingiriéndolas. Así, no solo consiguen alimentarse de la propia planta, sino que de ella extraen el veneno que podrán usar para defenderse de sus depredadores. Y claro, de ahí que muchos de ellos presentan unos vivos colores que alarman de su toxicidad, como es el caso de las orugas.

Hay casos, como el de la mariquita, en el que, aunque obtienen la sustancia primaria de la planta, son ellas mismas las que hacen de esta sustancia un veneno desgarrador, es decir, lo modifican a su antojo.
Entonces… ¿todos los insectos sacan su veneno de las plantas?
Si eso fuese verdad, la naturaleza hubiese ahorrado un gran trabajo a los entomólogos. Y es que a los insectos se les da muy bien la química en lo que respecta a defenderse. Otro de los grandes orígenes de la toxicidad de estos pequeños seres viene de un trabajo en equipo; una relación simbionte con microorganismos capaces de secretar este tipo de sustancias.
Sin embargo, este armamento no siempre está destinado a matar, ni siquiera para herir, sino para que les dejen en paz. Un claro ejemplo de esto son los olores que desprenden insectos como las secreciones de algunos chinches. Los olores repugnantes que liberan son capaces de provocar ojos llorosos, así como de impregnar la piel humana durante horas tras tocarlas, e incluso provocar grandes quemaduras. Y es que el olor a muerto y putrefacción que se libera es capaz de disuadir a sus depredadores, e incluso a nosotros mismos.
Pero si hay algo que caracteriza a la defensa de los insectos es nuestra predisposición al miedo de ser picados. Incluso los insectos más pequeños tienen una picadura venenosa y dolorosa, y lo gracioso es que ellos mismos lo saben. Sin ir más lejos, las avispas y abejas son un claro ejemplo del miedo a ser picados por estos animales. Si ya solo una sola nos asusta cuando nos las encontramos en las duchas de las piscinas o en los parques, una colmena entera de ellas con la capacidad de picarnos nos aterroriza. Entonces, ese miedo lo usan a su favor: sabiendo que sus picaduras duelen, te lo pensarás dos veces antes de molestarlas.
Sin embargo, no todo en ese pequeño mundo es violencia; los insectos son vitales para la vida tal y como la entendemos. En sus pequeñas espaldas recae el peso de ecosistemas enteros, teniendo las funciones más importantes del reino animal. La polinización, el control de especies y la regulación de los ecosistemas no sería posible sin estos pequeños animalitos. Cuidarlos está de nuestra mano, y aprender sobre ellos es el primer paso. El miedo, mezclado con el conocimiento, se transforma en admiración.
El mundo de los insectos está lleno de interrogantes aún esperando una respuesta. Son muchos los insectos que existen y aún no conocemos, y muchos otros que conocemos, pero que su vida sigue presentándose como un misterio para nosotros. Sin embargo, poco a poco entendemos su pequeño gran mundo: un lugar donde su defensa es crucial para sobrevivir.
Texto por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Ilustración por ANA TABARES (2ºB ESO)






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