El sol muere en el horizonte de la ciudad de Alejandría una vez más. Tras una tarde de verano, la ciudad dormía arrullada por la luna. La oscuridad recorría las bulliciosas calles, ahora en silencio. Sin embargo, había una pequeña lámpara que desafiaba a la noche, brillando débilmente en el Museo de Alejandría. Aunque los estudiantes hacía tiempo habían marchado a sus hogares, una joven seguía intentando entender aquella extraña figura.

La miraba, intentaba comprenderla, describirla, fracasando. Sabía estudiar cualquier otra figura; triángulos, cuadrados, rectángulos… pero nada se parecía a “eso”. Ni comienzo, ni final, ni lados, ni ángulos… nada en lo que basarse. El cansancio se apoderaba de ella, sus párpados empezaban a traicionarla, pero no podía rendirse. Su padre podría tener paciencia con ella, ayudarla, pero estaba cansada de ser el hazme reír de sus compañeros. El sonido de unos pasos la distrajo de sus pensamientos.

—¿Qué haces aún por aquí?

Su padre y director del museo, Teón, sostenía una pequeña lámpara de aceite, iluminando el rostro cansado de su hija. Sentada en el suelo, Hipatia seguía intentando descifrar aquel tormento que la mantenía despierta: los círculos. 

—Hipatia, hija, te esfuerzas demasiado. Por una vez deberías descansar. 

Levantándose con resignación, apagó aquella pequeña luz que la había acompañado en su estudio. Estaba cansada, pero más aún lo estaba de las mofas de sus compañeros. Era la hija del maestro, y todo el mundo pretendía que fuese la mejor en todo. Sin embargo, había algo en ella que la atormentaba mucho más; el miedo a decepcionar a su padre. Él lo había arriesgado todo por ella. En un mundo en el que las mujeres no salían de su hogar, su padre le daba la valiosa oportunidad de valerse por sí misma. Había afrontado rumores, malas miradas, e incluso algún que otro insulto, para que pudiese educarla. Y ella no podía entender ni una simple circunferencia, y menos aún acordarse de ese maldito número, π.

Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)

Hipatia se sentó en la cama, y con gesto cansado, se deshizo el peinado que sostenía su cabello, marrón como la madera de olivo. A lo mejor su padre tenía razón, de todas formas, el cansancio nublaba su mente. Tumbándose, la noche entró en su cuarto, y pronto su mente comenzó a descansar. De pronto, una sensación de vacío se apoderó de ella. Se estaba cayendo. En pánico, miró a su alrededor, pero bajo sus pies solo se abría el vacío. Lejos quedaba el Museo de Alejandría, o incluso la propia ciudad.

El tiempo pasaba, y el suelo no parecía verse aún. El aire alborotaba su pelo y el frío se colaba por su vestido. De repente, una idea atravesó la mente de Hipatia y confiando en ella, se irguió en el aire. No se caía, en realidad estaba… flotando. Decidida, dio un paso, luego otro, comenzando a pasear entre las estrellas. Sin embargo, pronto se detuvo. Tras ella, había una estela de luz que la seguía, y sin dudarlo, se miró la mano. ¿Había pintado ella el cielo?

Intentando entender lo que ocurría, se sentó en una nube, con las estrellas como único testigo. Tras unos minutos, pronto volvió su tormento; allá donde mirase, había círculos. Las estrellas eran pequeños círculos luminosos, las nubes eran masas de círculos de gas… Intrigada por esta observación, intentó recordar la clase de su padre. Era absurdo, no tenía con ella las notas, tendría que empezar desde el principio. Así que con paso decidido, Hipatia se levantó, miró al cielo, y con la mano alzada, empezó a dibujar.

Dibujar en el cielo era más fácil de lo que pensaba. La forma se amoldaba a sus pensamientos y pronto se encontró ante su círculo. Con un gesto, podía moldearlo; lo hacía más grande o más pequeño a su voluntad. Pero si realmente quería entender el círculo, debía empezar por lo que ya sabía. Comenzó dibujando dentro de este un triángulo, de lados iguales. Quería entender cómo definir su área, y a partir de ahí, entenderlo en su conjunto. El triángulo no abarcaba toda su área, como era de esperar. Sin embargo, estiró la figura, la desmontó, en una línea recta, y la apartó. Lo mismo hizo con el cuadrado, el pentágono, el hexágono… y cuidadosamente, colocó sus perímetros extendidos en una gráfica. Pronto se alcanzó el tres, pero al añadir más y más perímetros, pareciera que hubiese un límite, una asíntota, que no le permitía seguir.

Extrañada, se detuvo en este detalle. Los perímetros parecían seguir un orden, con un límite en el número 3,1415… Ese número… ¿no era π? No, esto no podía ser una mera casualidad. Si seguía extendiendo los perímetros de más y más figuras, nunca alcanzaría a rellenar la figura… a menos que usase π. En un momento de lucidez, acudió al radio. Ágilmente, lo extrajo del centro y lo acomodó a la circunferencia.

Hipatia por fin lo veía. Rápidamente, se dispuso a completar lo que quedaba de figura con el radio. Seis radios y un poquito eran igual a una circunferencia. Todo ello media 6.2831… radios. Lo dividió en dos. Otra vez π. Un semicírculo media π radios, y para adquirir la distancia en una medida, solo había que multiplicarlo por la medida del radio. Se detuvo a pensar, sorprendida del alcance de ese dichoso número, para volver a someterse a las matemáticas. Un semicírculo era π, el perímetro se describiría como el doble de ese número, multiplicado por el radio para conferir las unidades de la distancia al centro. Con mano firme, Hipatia escribió; P=2π·r.

Con un gesto ágil reconstruyó el círculo, y con el radio construyó miles de pequeños triángulos, hasta completar la figura, para extenderla. Era un rectángulo y de nuevo, en su base, la medida marcaba π, con el radio de altura. ¡Hipatia sabía calcular el área de un rectángulo, base por altura! Sin embargo, se topaba con un problema; π no era una medida en sí. Había que multiplicarla por el radio para saber la distancia concreta. En el cielo pronto se vio escrito A= π·r·r ; A= πr².

Lo había logrado. Ahora veía la circunferencia, y la veía como un todo. Tras un momento de entendimiento, observó el cielo, ahora adornado por gráficas y círculos, y es que al final, todo giraba en torno a π, el número de los infinitos decimales, la mayoría aún sin descubrir. 

Los rayos de sol la despertaron por fin. Inundando la luz su habitación, Hipatia se levantó, con sueño, pero impresionada por lo sucedido. Aún era pronto para levantarse, pero curiosa, se asomó por la ventana. El cielo, ya azul, había borrado aquellas formas de las que solo las estrellas habían sido testigo.

—Hipatia, ¿qué haces ya despierta? Aún es muy pronto.

Teón apareció en el marco de su puerta, con la mirada cansada, pero aún con una ligera sonrisa en el rostro. Corriendo a los brazos de su padre, exclamó con alegría.

—¡Padre, ya lo entiendo! ¡Lo he visto, lo he dibujado en las estrellas, lo entiendo!

—¿El qué, pequeña Hipatia?

Con una risa ligera, su padre miró a su hija, cómo hablaba entusiasmada sobre unos círculos, y sus dibujos entre las estrellas. Tiernamente, abrazó a su hija. La joven de vestido blanco y pelo castaño andaba junto a su padre, mientras compartía sus ideas vividas entre las estrellas. La muchacha entró en el jardín, aún con la mente dibujando círculos en el cielo, mientras que su padre la observaba desde la distancia. Ella aún no lo sabía, pero Teón ya tenía una sospecha; la joven era excepcional, y algún día, cumpliría con su destino.

En el jardín de un museo, una joven Hipatia de Alejandría, soñaba con las estrellas.


Texto por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)
Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (1ºA BACH)

Deja un comentario