Iulia se despertó por un gritó de los soldados que estaban en la ciudad. Ojalá Somnus le hubiese concedido un poco más de tiempo en el mundo de los sueños, pero parecía que ya era hora de ponerse en marcha. A Iulia le encantaba su ciudad natal, estaba hecha completamente de piedra y si se veía desde lejos, parecía que los edificios se fundían entre sí de una forma homogénea. El que más le gustaba de todos ellos era la torre que estaba en la cima de la montaña, elevándose por encima de todas las demás. Parecía que apuntaba al cielo, desafiando al mismísimo Júpiter con acercarse a él. Cómo le gustaba contemplarla…

Un grito de un guardia la devolvió a la realidad y se movió de en medio de la calzada. Cómo le gustaría poder quedarse mirando un rato más, pero ya veía cómo la abuela se enfadaría si llegaba más tarde por quedarse “embobada”. Aquella siesta en los sacos de grano del almacén solo le había quitado aun un poco más de tiempo, pero es que le encantaba dormir. Solo de pensarlo se le abría la boca. Su madre le había dicho un día de broma que, si por ella fuese, no se levantaría en todo el día.
Por fin estaba llegando a casa, solo le quedaban un par de calles y llegaría. La verdad es que nunca había pensado lo cerca que estaba del centro de la ciudad. Normalmente se dedicaba a callejear y dar vueltas por las calles a ver si encontraba algo interesante en ellas. ¡Lo qué hacía tener que ir con prisa! En fin, ya casi estaba, así que eso no tenía importancia.
Cuando llegó a casa se encontró la puerta medio abierta y escuchó a su abuela maldecir a gritos. Entró lo más rápido que pudo y se encontró a su abuela en la sala principal con el jarro de cerámica roto y desperdigado por el suelo. Le preguntó qué había pasado, pero ella simplemente murmuró algo de que se hacía vieja y la echó de allí. Pues anda que…, si que estaba de buen humor. En fin, tenía que cenar la poca comida que tenía antes de irse al mundo de los sueños de nuevo, así que pasó por la despensa y cogió un trozo de una hogaza de pan de un tamaño considerable. Después de eso, ya se podía ir a la cama tranquilamente. Mañana tenía otra vez que ir al campo a ayudar a su padre toda la mañana y su madre le había dicho de pasar con ella la tarde. Y, aunque era cierto que a ella le gustaba ir a su aire, como había hecho hoy, le había dicho que la acompañaría encantada. Así que se durmió.
Cuando despertó, la luz le estaba dando en la cara y hacía más calor de lo que pensaba. Se levantó sudando y miró a su alrededor. Espera, ¿qué le había pasado a su habitación? Era más grande y no tenía sus pocos muebles, y ¿quién era aquella que le devolvía la mirada? ¿por qué se movía igual que ella? Se parecía mucho a esas placas de metal pulido que tenía el sacerdote del templo. ¿No veía con ellas el futuro? Inmediatamente después bajó a ver a su abuela, pero se topó con que no solo su habitación había cambiado, sino toda la casa. Salió corriendo afuera y se sorprendió al descubrir que la calle era exactamente igual. ¡Qué raro! ¿Qué le habría pasado a su casa por dentro? Pero, mientras estaba pensando esto, vio un carro similar al que usaba el emperador, pero más bajo y… ¿sin caballos? ¿Cómo se movía? La respuesta no tardó en llegarle, ya que un hombre se subió en él y, de repente, salió disparado moviendo las ruedas que tenía abajo pero, ¿cómo? La ropa de ese señor también se veía extraña. Y… un momento, la ropa de todo el mundo se veía extraña y no conocía a nadie. Otra cosa que le extrañó es que no vio a ningún soldado romano patrullando. Pero, la ciudad era igual. Era lo único que seguía igual. Todo lo demás había cambiado, pero los edificios estaban intactos. Miró a la torre que tanto le gustaba y también seguía ahí. No entendía nada. Su ciudad era la misma, pero, al mismo tiempo, diferente. Mientras estaba pensando eso, oyó un ruido que provenía del cielo. Se preguntó si Mercurio estaría volando, de camino a entregar algún mensaje. Pero lo que se encontró ahí arriba le sorprendió más de lo que pensaba. ¿Qué era ese pájaro gigante que parecía avanzar lentamente el viento, como si surcara un mar? Desde luego Mercurio no. Mercurio habría salido disparado y no hubiese habido ocasión de verlo. Y ¿por qué las palabras que oía le sonaban familiares pero no terminaba de entenderlas?
Estuvo vagando por las calles hasta que llegó la noche. En ese momento, unos palos de metal que había por toda la ciudad se encendieron. ¿Cómo había pasado eso? ¿Tenían el poder de Júpiter a su servicio y podían iluminar todo con sus rayos? No entendía nada. Buscó una calle para dormir y, mientras se le cerraban los ojos, pensó: “Hay demasiados avances aquí. Puede ser que esto sea el…¿futuro?” Hasta la palabra le sonaba extraña, pero, ¿cómo podía describir esa situación sino? Tenían el poder de los dioses a su servicio. Si eso era lo que les esperaba, ella aguardaría su llegada.
Futuro…
Texto y fotografía por DIEGO DEZA (4º ESO B)





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