“¡Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea!”

Con este último verso, uno de los poetas más ilustres de nuestro país se despidió de esta bella ciudad de Jaén. Antonio Machado fue uno de los poetas más tardíos de la Generación del 98 y, nacido en Sevilla, es autor de libros ampliamente conocidos como Campos de Castilla o Soledades. Y es que, si nos detenemos a pensar, el poeta sevillano es autor de poemas tan famosos que han sido incluso adaptados a canciones, siendo el más famoso, el que versa:

[…] Caminante no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino 

y al volver la vista atrás,
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino,
sino estelas en la mar. […]

Y es que Machado fue uno de los poetas más resonados dentro de la sabiduría popular, llegando a ser descrito por Gerardo Diego como una persona que “hablaba en verso y vivía en poesía”.

Montaje fotográfico por ESPERANZA PÉREZ (1ºB BACH)

Sin embargo… ¿qué hacía un poeta sevillano en Baeza?

Tras la desdichada muerte de su esposa, nuestro poeta no encontró más consuelo que alejarse de aquel lugar que tantos recuerdos avivaba, por lo que pidió el traslado de Soria a esta ciudad para seguir impartiendo francés. Así, nuestro protagonista recorrió las calles de la tranquila Baeza de 1912 a 1919. De todas formas, Machado no era por así decirlo fan del sedentarismo, por lo que no es de extrañar encontrar menciones a él en las llamadas “Ciudades Machadianas”, entre las que se encuentran Sevilla, Soria, Segovia, Rocafort (Valencia) y por último, Collioure (Francia). 

Poco a poco, Machado se consolidó en Baeza (de la que cabe destacar que actualmente es ciudad Patrimonio de la Humanidad) e, impartiendo clases, se ganó el corazón de sus alumnos. En la magistratura de francés, nuestro poeta sevillano procuraba ser benevolente con sus estudiantes, así como no aburrirlos. Cada día, intentaba sorprender a sus alumnos con algo nuevo; invitaba a profesores y amigos suyos a participar en sus clases, siendo una de ellas protagonizada por el mismísimo Lorca en 1916. Si bien el dinamismo de sus clases rompía con la monótona rutina académica, además trataba de nunca suspender a sus alumnos, ganándose el cariño de estos. Pero no os penséis que ponía un 10 en la hoja y se acabó.

En su época, los exámenes ni siquiera eran a papel, sino a viva voz. Reunidos en el “salón de actos” del momento, el paraninfo, en voz alta se preguntaba la lección. Aunque muchos agradeciesen no tener que escribir a toda velocidad, esto resultaba fatídico para quien no se supiese la respuesta… a menos que el profesor Machado estuviese lo suficientemente cerca. Efectivamente, Antonio Machado procuraba que sus alumnos estuviesen próximos a él a la hora de preguntar. Así, los examinadores escucharían su pregunta, pero no la respuesta, muchas veces incorrecta, de los susurrantes alumnos por quienes el poeta intercedería alegando haber escuchado la respuesta correcta.

Sin embargo, pareciese que no todos los alumnos eran tan avispados. Un rezagado en su materia no tuvo otra idea que sentarse lejos de su profesor, y sin ser este capaz de moverse de su sitio, tuvo que preguntar a viva voz, sin más remedio que suspenderle. Es más, en un intento por “salvarlo”, preguntó al alumno por Miguel de Cervantes. “No me suena”. Esa fue la respuesta que sentenció al estudiante ante el profesorado.

Antonio Machado era un profesor serio pero muy cercano a sus estudiantes, y aunque fuese conocido por su benevolencia, su aspecto también llamaba la atención de los alumnos. Vestido siempre de negro, su atuendo estaba compuesto por unos grandes zapatos, un gran abrigo de cuello de astracán, camisa blanca y un grueso nudo de corbata negra, con un sobrero mal colocado como guinda del pastel. Y para rematar este outfit, al poeta sevillano nunca le faltaban sus icónicos restos de ceniza y tabaco sobre su ropa. Al pobre profesor le acabaron apodando sus estudiantes como “Antonio Manchado” o “Ceniciento”.

Fotografía del profesorado de Baeza, Antonio Machado es el tercero sentado desde la derecha.

Si bien mucho ha soplado el viento desde que Machado no recorre las antiguas calles de Baeza, la misma aula donde una vez impartió francés ha quedado congelada en el tiempo. En la antigua universidad de Baeza, hoy en día es visitable, además de ser un instituto.

Baeza fue cuna del periodo más creativo de nuestro poeta, pero tras su estancia en esta ciudad Machado partió a Segovia, buscando la cercanía con la capital, llegando a Madrid en 1932. El «mar de Olivos», también llamado Baeza, representó una hermosa etapa dentro de la vida de Antonio Machado, donde su legado es conservado en las mismas calles que una vez le vieron pasear.


Texto y montaje fotográfico por ESPERANZA PÉREZ (2ºB BACH)

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