Caminar, eso es lo que había hecho toda mi vida. Siempre a la luz de quienes fueron delante de mí, pero nunca sola. De todas formas, era fácil caminar, solo había que seguir el mismo camino y procurar no alejarse mucho. La oscura cueva de la que siempre tratábamos de huir mostraba la salida clara y brillante, pero nunca lo suficientemente cerca para dejarnos alumbrar por ella. Sin embargo, no nos podíamos detener a verla, o las sombras nos volverían a encadenar, y suficiente teníamos con intentar huir de ellas.
Muchos se habían dejado engatusar por ellas; quedaban prendados bajo sus delicadas formas y belleza. Ellos nunca llegaron a salir de la cueva. De vez en cuando se divisaba la luz de alguien más que pretendía huir de ellas. Sin embargo, simplemente la ignorábamos como grupo, argumentando que no seguirían nunca el camino hacia la salida. Qué estúpida fui creyendo eso.
El tiempo hizo sus estragos y, poco a poco, en polvo se convirtieron aquellos portadores de la antorcha. Uno tras uno, sus muertes mermaron el grupo, y, tristemente, fueron muchos más los que se dejaron llevar por las sombras. Malditas mentiras disfrazadas de verdad. ¡A cuántos vieron las estrellas sufrir por su culpa!
Pronto fue mi abuela quien tomó el relevo, seguida de mi madre. Aunque siempre traté de copiar su ejemplo, una voz me decía que no era ese mi destino. Por el momento, decidí ignorarla. Seguí sus pasos, copié sus gestos, analicé uno a uno sus pensamientos y tras mucho esfuerzo, me sentí realmente preparada para tomar el testigo. Con la muerte de mi madre comprobé lo ingenua que fui. Y ahora estoy tirada en el suelo, con una antorcha apagada.
El camino sigue adelante. Aunque el dolor de la pérdida es desgarrador, aún hay camino por recorrer. ¿Y ahora qué?
Lo único que me queda de ella es esa antorcha fundida. Tengo que seguir andando para no morir entre las sombras. Todos mis pasos, todos mis pensamientos conducen a la misma pregunta: ¿Qué haría mi madre aquí? Mis rodillas se enterraron en la tierra, mientras que un río de lágrimas inundaba mi mente. Ella ya no estaba, y yo aquí tirada, no había seguido el camino como ella… pero… ¿y si yo no fuera ella?
Mi mente paró en seco. Yo no era mi madre, ni quienes habían ido antes que yo, ni siquiera sus ideas. Pero eran parte de mi. Miré la antorcha, apagada, tirada en el suelo, esperando a ser encendida.
—¿Quién eres?
Un jinete se paró delante de mí. ¿Podría ser aquella luz que habíamos ignorado?
—No lo sé,
Con la expresión firme extendió su antorcha hacia mí. Las palabras sobraban, mientras que miré de reojo la triste antorcha del suelo. Cuando giré a ver al jinete, no quedaba de él más que el sonido del galope de su caballo. Y yo debía seguir andando.
Todo era igual, pero algo en mí había cambiado. Era mi turno de encender la antorcha y caminar.

Texto y fotografía por ESPERANZA PÉREZ (1ºB BACH)






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