«Baila». Esa palabra vuelve a repetirse. Nadie la ha pronunciado en alto, solamente suena en los recónditos bordes de mi conciencia. La música aún no suena pero la expectación es la peor parte.
No destaco ni para bien ni para mal, solo soy una bailarina más entre un mar de faldas ligeras y pomposas, aunque a muchos les molestaría esta falta de atención, nadie compite por superarte ni por humillarte. Simplemente estás ahí, y eso te permite medir a tu competencia. Somos veinte candidatas y solo cinco seremos elegidas para la actuación.

La música comienza y todas nos ponemos en fila. Empezamos a bailar repitiendo unos pasos que somos capaces de repetir hasta dormidas, nos movemos como un solo ser. Bailamos y bailamos, nada interrumpe esta danza tan ensayada… nada salvo el primer empujón disimulado por parte de una contrincante. Una bailarina, mediocre como yo, cae al suelo. Tal vez estuviese equivocada, tal vez ser mediocre no fuese tan bueno. Las bailarinas que son peores nos hacen tropezar para ascender puestos, las demás bailarinas que no destacan siguen su ejemplo para asegurarse un puesto, mientras que las mejores, que nos miran a todas por encima del hombro, hacen gala de esa crueldad tan propia de la gente de actitud altiva que se hace ver superior.
En el mundo están las guerras con armas, esas son las más destacadas, pero no son las únicas. Todo aquello que tenga por objetivo conseguir algo que otra persona quiera u ostente es una guerra, pero como son tan comunes y propias del ser humano no se les da importancia, a menos que tengan repercusiones en las pocas personas importantes de este mundo. En ese caso se las llama por un eufemismo mal hecho llamado peleas o discusiones. En este momento estoy metida en medio de una de las peores guerras en las que me he metido. Los instructores no se dan cuenta, pero cada vez que una bailarina queda eliminada, la tensión aumenta. «¿Quién caerá la próxima? ¿Seré yo?».
Continuamos bailando, más pendientes de las demás que de nosotras mismas. Esto nos hace tropezar, y de un momento al siguiente, los instructores empiezan a eliminarnos ellos mismos. Señalan a la desafortunada y esta, sin poder hacer nada al respecto, ha de salir de la fila, aunque no por ello queda exenta de poder hacer trastabillar a la bailarina más cercana por culpa de su frustración.
Quedamos diez participantes aún, pero la música ha terminado. Nos paramos todas en la posición final. No es fácil de aguantar, así que un par de concursantes más caen al suelo. Los instructores deliberan entre ellos, parecen haberles decepcionado algunos resultados. Miran con decepción a la bailarina de mi derecha.
Cada vez me cuesta más mantener la posición y empiezo a mostrar los primeros signos de agotamiento. No soy la única así, todas, incluso las mejores, empezamos a temblar un poco. Intentamos ocultarlo lo mejor posible, ya que seguimos bajo el escrutinio constante de los instructores. Mucho antes de lo que debería esto se vuelve una competición de resistencia, una que, por mucho que quiera, tengo pocas posibilidades de ganar. Aguanto un minuto más, pero caigo agotada en el suelo.
Estoy eliminada.
Texto por JULIA RESANO (3ºD ESO)
Ilustración por DANIELA GUEVARA (2ºA BACH)





Deja un comentario