La pantalla parpadeaba con frecuencia. Ya llevaba tres años yendo todas las mañanas a la misma parada de autobús y todavía no se habían molestado en cambiarla por otra. Llovía con insistencia y el frío me calaba en los huesos. Aquel día me había retrasado y había perdido el autobús; era el primer día que me pasaba y no sabía cuánto tardaría en venir el siguiente. Cansado y con frío, pensé en irme a mi casa y cogerme el día, pero la rutina me arrastraba como siempre. Normalmente no suelo pararme a pensar en el momento, en capturar el instante; pero la lluvia me llevaba fascinando desde pequeño. Es algo extraño como las cosas más habituales de la vida pueden producir una repercusión tan grande en una persona, y aquel día, ante la tardanza del autobús y el aburrimiento, me dediqué a ver la lluvia caer, oír su repiqueteo. 

Finalmente, llegó el autobús (vacío, como de costumbre). Le di los buenos días al conductor y me senté en uno de los asientos dobles de la parte trasera. Una vez estaba sentado, el conductor arrancó. Como estaba lloviendo, seguro que el autobús tardaría unos diez minutos más debido al tráfico, pero ese día no me importó en absoluto. Estaba a punto de bajarme, cuando descubrí que había un ser traslúcido en la parte trasera del autobús. Tenía los rasgos delicados, y parecía un anciano con el peso de muchos años a sus espaldas. Al principio, pensé que estaba alucinando pero, tras acercarme a él, descubrí que era completamente real. Entonces se giró percibiendo mi presencia y alzó la mano como saludo. En ese momento, grité comprendiendo que el ser que tenía delante se había dirigido hacia mí. El conductor se volvió, sobresaltado y me preguntó si estaba bien con un tono de preocupación en la voz. Yo intenté restarle importancia, pero lo cierto es que me había oído. Al final, terminé bajándome del autobús con un tono pálido y unas cuantas cuestiones rondándome por la mente. Después de todo, había terminado llegando al trabajo incluso antes de lo que pensaba y solo me había retrasado cinco minutos de la hora habitual. 

Llegué y cogí el ascensor para subir a mi despacho en la undécima planta. Antes de que llegara, llegó un compañero y me informó de que la reunión de los microchips que teníamos prevista para hoy se había adelantado una hora. Nervioso y un poco apurado, corrí al despacho a ultimar los detalles antes de la presentación. Al llegar, descubrí que mi silla ya estaba ocupada por otro espectro, similar al del autobús. Este, sin embargo, era un niño pequeño con una expresión melancólica. Con recelo le pregunté qué hacía en mi silla, pero él se limitó a mirarme mientras murmuraba palabras incomprensibles para mis oídos. Al final parecía que no eran hostiles pero tampoco querían responderme. No eran ni un apoyo ni una carga, eran simples espectadores. Pero en ese momento no tenía tiempo para ponerme a reflexionar sobre su naturaleza, tenía que llegar a la reunión a tiempo.

Llegué a la reunión por los pelos, y fui capaz de llevar los prototipos que me habían pedido sin contratiempos. Tras la explicación de la sección económica, procedí a sentarme y dejar paso a uno de mis compañeros de otra sección. Mientras mi compañero acababa, me levanté para recoger la presentación. En ese momento, otro espectro, esta vez situado en una de las sillas de los muchos escritorios que había en la otra sala, me miró fijamente y, al notar que yo le había visto, salió despavorido. Cada vez entendía menos a esos seres. Unos eran indiferentes y otros eran asustadizos. Unos eran mayores y otros eran niños de poca edad. ¿Qué era lo qué unía a aquellos seres y, lo más importante, por qué parecían tan interesados en mí? No lo sabía.

Ilustración por JULIA JIMÉNEZ (ALUMNI)

Esa tarde, empecé a navegar por internet. Ya iban tres seres y me había empezado a preocupar, así que decidí buscar respuestas. Pero tras investigar un rato, descubrí que estas podían pasar de ser explicaciones físicas (diciendo que eran la distribución de la intensidad de la radiación electromagnética) a ser explicaciones folclóricas basadas en tradición (diciendo que eran los restos de la quintaesencia de una persona: el éter, considerado por algunos como el quinto elemento). Verdaderamente, no había ninguna respuesta clara. Mientras intentaba conectar a los distintos seres para ver si existía algún patrón, apareció otro de ellos sentado en la silla de madera de al lado. Me giré y le observé, y tras unos segundos de espera, este inesperadamente me preguntó si no tenía ninguna curiosidad en saber qué eran. Al principio recelé, ya que parecía como si surgiera justo cuánto más lo necesitaba y eso no me inspiraba mucha confianza. Pero tras un par de demostraciones de su buena voluntad, decidí hacerle caso y él me explicó todo:

—Somos restos, jirones del alma que ocupaba nuestro cuerpo y que, tras morir, no dejaron del todo este mundo. No podemos volver a nuestro cuerpo porque el alma está incompleta, pero tampoco podemos irnos del todo, porque una parte de nosotros está anclada a la tierra. Se nos denomina ¨ánimas errantes¨. Vagamos por la tierra, observando avanzar a la humanidad, pero siendo completamente incapaces de contribuir al progreso. Hay algunos que se resignan tras mucho tiempo, como el niño que viste. Lo curioso de todo esto es que en teoría nadie puede vernos, salvo tú. Tú eres una excepción —esa parte sí que me interesó profundamente, así que le inste a seguir—. Vale, te explicaré por qué. Tu alma está en ambos planos al mismo tiempo. Eres capaz de ver tanto lo espiritual como lo material. Donde otros ven simples sillas, tú nos ves a nosotros. Estoy seguro de que te habrás fijado que siempre estamos sentados, observando el mundo. Pues tú eres capaz de observarnos a nosotros. Eres una anomalía, y por eso eres tan particular. Te enseñaré cómo controlar lo que ves con el tiempo. 

Verdaderamente había logrado sorprenderme y, puede sonar a locura, pero sus explicaciones tenían lógica. Así que decidí hacerle caso y poco a poco empecé a ver a más y más almas. Hoy en día, me doy cuenta de lo acertada que fue mi decisión, y hablo con las almas siempre que puedo. Tengo un cuarto con sillas, sillones y cojines para que tengan un sitio en el que estar cómodos. Es una vida maravillosa. 


Texto por DIEGO DEZA (3ºA ESO)
Ilustración por JULIA JIMÉNEZ (ALUMNI)

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