Hace mucho tiempo, en un pueblo a las afueras de Pensilvania, vivía la familia Winslet, una familia adinerada que se decía que venía de la realeza y gobernaba el pueblo. La familia se componía del matrimonio de Henrik y Elizabet Winslet y sus tres hijos, su hijo mayor, Gilbert y las dos hijas pequeñas, gemelas, Adeline y Coraline. Vivían en un palacio en lo alto de una colina y se decía que era una familia de lo más peculiar. Un día cualquiera, desaparecieron y nunca se les volvió a ver. Desde ese día el palacio quedó abandonado. Muy pocos saben qué pasó, y muy pocos saben la verdad.

Me llamo Eric y me han contado muchas veces la leyenda de los Winslet, pero nunca pensé que entraría a su palacio, siempre ha estado prohibido. Hace unas horas mis amigos y yo decidimos divertirnos por Halloween, y se nos ocurrió la gran idea de entrar en aquel palacio abandonado. Primero, debéis saber, que lleva intacto desde 1892, casi nadie se ha atrevido a entrar. Se rumorea por el pueblo que los pocos que se han atrevido, nunca salieron. Y por si fuera poco, también hay gente que afirma haber visto sombras y oído gritos dentro de este. Era el destino perfecto para una noche de Halloween.

Cogimos las cosas necesarias para entrar (linternas, comida…) y emprendimos nuestra subida por la gran colina. Unos treinta minutos más tarde llegamos jadeando a la valla que daba la entrada hacia el jardín. Nuestras respiraciones agitadas eran lo único que se oía mientras admirábamos el jardín kilométrico y, de fondo, la sombra de aquel palacio.

Ilustración por JULIA GALLARDO (3ºC ESO)

Alumbramos la valla y un gran escalofrío nos recorrió la espalda.

—¿Estáis seguros de que queréis entrar? —preguntó Mike. Se llevaba resistiendo desde que dimos la idea.

—Sí, Mike, es Halloween, algo habrá que hacer —respondió Emma.

—Sí, tómatelo como uno de tus videojuegos —añadí.

Emma empujó la puerta, que soltó el típico chirrido agudo. Entramos y pudimos observar el maravilloso jardín. Aunque todas las plantas estaban muertas, seguía siendo bonito. Había arcos, caminos, fuentes e incluso un kiosko, todo a punto de derrumbarse. Seguro que habría sido precioso verlo en aquella época. 

—Qué bonito —dijo Emma.

—Ya ves —continué.

—¿Damos un paseo? —preguntó Mike; seguía queriendo escabullirse.

—Venga ya, Mike, si esto es bonito, imagínate lo de dentro del palacio —le respondió Emma.

—Tenéis razón, chicos, quizá no da miedo, quizá solo hay antigüedades de esa época. 

—¿Vamos, Eric? —preguntaron los dos a la vez.

—Sí, vamos.

Continuamos por el camino y cinco minutos después llegamos a las escaleras que daban directamente al palacio. Eran unas escaleras increíblemente largas y elegantes, dirigidas hacia una gran puerta. La verdad es que sí daba un poco de miedo.

—Venga, ya casi estamos —dije intentando quitarme esos pensamientos de la cabeza.

—Esperad —soltó Emma—. Creo que este es un buen momento para empezar a documentar nuestra expedición, voy a empezar a grabar.

Emma documentaba todo. Sacó su móvil y empezó el video con una breve introducción en la que decía la hora, el día, el año, las personas presentes y, por último, el lugar en el que íbamos a entrar. 

Cuando estábamos preparados para entrar, Mike acercó la mano al pomo de la puerta y éste giró solo.

—¿Qué acaba de pasar? —dijo Mike paralizado.

—¿A qué te refieres? —contesté.

—¡La puerta se ha abierto sola! ¿¡No me digáis que soy el único que lo ha visto!? —añadió alarmado.

—Si, claro, Mike, tú lo que quieres es asustarnos para que no entremos – replicó Emma.

—¡Que no, que lo digo en serio! ¡Chicos, por favor, vámonos! 

—Mike, tranquilo, no va a pasar nada —dijimos Emma y yo intentando calmarlo.

Entramos los dos juntos y, poco después, Mike nos siguió para no quedarse solo. La puerta daba hacia un gran recibidor oscuro, por lo que encendimos las linternas. Al encender las linternas pudimos observar el recibidor mucho mejor. Era un recibidor precioso, había cinco abrigos llenos de polvo en un perchero y por el fondo una escalera enorme que daba a la segunda planta del palacio. Al lado del perchero se encontraban cinco cuadros individuales, retratos de los miembros de la familia Winslet. 

—Estos eran ellos —dije.

—Ya, Emma, creo que esto es importante para el video —contestó Mike, que se había calmado un poco.

—Dan mal rollo —añadió Emma.

Del recibidor se podía ir a dos salas que estaban a cada lado, por lo que pudimos observar, una preciosa cocina y un espectacular comedor. La cocina estaba llena de comida podrida con bichos, también tenía unos muebles preciosos y un montón de artefactos llenos de polvo. En el comedor había una mesa enorme en el centro y muchas lámparas y objetos antiguos. La mesa estaba puesta con toda la vajilla, platos, cubiertos y hasta la comida podrida en el plato preparada. Como si estuviera preparada para una cena familiar. Una cena familiar para una familia de cinco personas.

Mientras admirábamos un poco más el comedor oímos unos pasos en el techo que hicieron caer un poco de polvo de él. Provenían de la segunda planta, en la que se encontraban las habitaciones de los niños. Subimos para ver si era algún animal que se podría haber colado en el palacio, cuando escuchamos unas extrañas risas. Eran de voces agudas, como de unas niñas. Inmediatamente nos miramos entre nosotros. En la mirada se podía observar una mezcla de miedo, curiosidad e inquietud. Miramos a todos lados intentando saber de donde provenían.

—¿Lo habéis escuchado, verdad? —preguntó Emma con la voz temblorosa.

—Si —respondió Mike

—¿Y tú, Eric? ¿Eric? ¿Eric? 

No podía contestar. Mi voz no salía. Me quedé paralizado mirando hacia una habitación. Una habitación en la que se podía observar que no estábamos solos. Y que nos acompañaban dos…, no se qué eran, ¿fantasmas?, ¿demonios? Personas estaba claro que no. Dos niñas, gemelas, y creo saber como se llamaban. Sabían que estábamos aquí, nos miraban, se reían, sonreían. No era una sonrisa amable. Emma y Mike siguieron mi mirada y soltaron un gran grito. Corrieron. Corrí. Lo más rápido posible. Escaleras abajo. Ellas nos seguían, nos miraban, nos perseguían. Conseguimos salir, afortunadamente. 

Después de eso, corrimos hacia la oficina de policía. Teníamos que advertir de lo que habíamos visto. No podíamos dejar que nadie entrara ahí.

—Queremos hablar con el Sheriff Johnson —dije.

Después de unos minutos, por fin vino, y le pudimos contar todo.

—¿Creéis que soy tonto? Mira, no estoy como para bromas de Halloween – contestó el Sheriff.

—Pero es verdad —replicamos.

—¿Tenéis pruebas? 

—¿Emma? ¿Tienes la cámara? —preguntó Mike.

—Se me cayó dentro del palacio —contestó angustiada.

—Lo siento chicos, no puedo hacer nada, bastante que no os pondré una multa después de haber allanado una propiedad privada. Pero os contaré algo, muy pocos saben qué pasó con la familia Winslet, uno de ellos soy yo. Caroline y Adeline Winslet fueron las culpables. Al parecer se volvieron locas, asesinaron a su familia, y luego acabaron la una con la otra. Después de eso mucha gente ha dicho de verlas por la colina, por el palacio. Pero hacía años que nadie avisaba de eso. Que las hayáis visto no es una buena señal.


Texto por JUAN CASTRO y JULIA GALLARDO (3ºC ESO)
Ilustración por JULIA GALLARDO (3ºC ESO)

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