Todo era oscuro aquí dentro. La única luz que llegó a existir algún día se había exterminado y, como un pájaro, en una jaula quedé atrapado. Los barrotes de oro parecían resplandecer como si estuvieran diciendo que aún hay esperanza en este ser. Cuando todo aquel brillo y calor que me abrazaba, en realidad, escondía unas frías barras de hierro bajo aquella máscara.

Pero todo esto era normal para mí. Todas estas sensaciones yo ya las viví y créeme que no daría nada a cambio de volver.

Me desperté como cualquier otro día y seguí mi misma rutina de siempre: me puse un atuendo que demostrara que era digno de llevar aquel peso, me arreglé el pelo, me lavé la cara, miré los alrededores de mi prisión y por el agujero de la puerta, vi el gran espejo que había en el salón. Específicamente, miraba mi reflejo. Un reflejo que me pedía a gritos que corriese lo más lejos posible de este infierno, que confrontase toda la realidad, que dejase de encerrarme a mí misma en aquella jaula, pero nunca lo hacía. Oí un canto en mi ventana, había un pájaro tarareando una pequeña melodía, cuando vi al pequeño animal no pude evitar sentir celos. Él podía cantar lo que quisiese, ir adonde se le ocurriese; sobre todo, él gozaba de algo que yo no tenía: libertad. Yo era como un pájaro atrapado en una jaula, un pájaro al que le hicieron creer que volar era una enfermedad que no me podía permitir, que solo podía transmitirle mi canto a los dueños que me atrapaban aquí dentro. Y a la vez, en aquel momento, no pude evitar compararme a un mono o un león de feria, domesticados para cumplir las expectativas que tenían los directores de circo; maltratados para entretener a un público que solo busca entretenerse a partir del sufrimiento del animal, y luego ser atrapados de nuevo en sus jaulas. Yo tenía que cumplir con las expectativas de mis padres: ser la hija perfecta, ser la primera en todo… Era agotador satisfacer las ilusiones que tienen sobre ti.

Ilustración por IRENE CALVO (1ºB BACH)

Todos mis pensamientos se vieron interrumpidos por la voz de mi supuesta madre a la cual no le puse atención. Siempre me recordaba aquello que debería ser y que nunca sería, sin importar cuánto intentase. Mi día siguió sin más. En la escuela, todos me miraban como la chica perfecta, la hija mimada de sus padres, alguien que no podían ser, etc… Nunca se paraban a pensar lo que había en la cara escondida de la luna. La única que lo hacía era ella, mi ángel. Ella era la única que me veía por quién era y no le importaba estar con alguien como yo. Me proponía, todas las veces que ella podía, que huyese con ella, que empezase de cero, pero yo nunca lo vi posible. Por una última vez, me dijo que se tenía que ir del país y que fuese con ella, que no me preocupase por sus padres, que ya lo sabían. Sin embargo, aunque mi corazón gritase que me fuese con ella, mi voz dijo lo contrario. Y, apenada, ella me abandonó. Regresé a mi casa con lágrimas. No obstante, volví a oír el canto de esta mañana, vi al pájaro y recordé todo: mis lamentos, las expectativas, mi canto, mi libertad… El pájaro, en aquel momento, voló como yo lo hice. Cogí mis cosas, deje una nota en la puerta y me fui volando libremente, de aquella jaula que por muchos años no me permitió volar. Recé para que aún no fuese demasiado tarde y para mi alivio, no lo era. Me lancé a sus brazos y le dije que me llevase lejos de aquí. Así fue como conseguí mi libertad.
Por otro lado, unos padres llegaron a la puerta de su casa con una nota:

Queridos mamá y papá:
Si estáis leyendo esto, eso significa que estaré ya cruzando las fronteras del país. No sé adónde iré ni cuánto durará este viaje, pero algo sí sé, y es que al fin obtuve mi libertad. Solo quiero daros las gracias por aceptarme en vuestra familia como vuestra hija, por cuidarme y amarme. Pero a la vez, todo ese cariño me asfixiaba al punto de no poder respirar. Gracias por todo lo que habéis hecho por mí. Espero haber cumplido todas las expectativas que teníais sobre mí, pero me agobiaban y me hacían sentir que era como un pájaro en una jaula. Perdonadme por irme sin despedirme pero, si lo hacía, seguramente hubiese dejado ir la única puerta abierta que tenía.
Papá, mamá: ¿os puedo pedir un favor? Si alguna vez volvéis a tener un bebé, ¿me prometéis que nunca dejaréis que sufra lo que yo sufrí, que nunca tenga que pasar por lo que yo pasé, que no tendréis las expectativas del hijo perfecto…? ¿Me lo prometéis?

Os quiero.

Con amor,

vuestra hija

P.D.: La jaula siempre tuvo la puerta abierta, solo que yo no tuve el coraje necesario para salir y ser libre.


Texto por ELENA VALDEZ (2ºA BACH)
Ilustración por IRENE CALVO (1ºB BACH)

Deja un comentario