Era un soleado día de verano y la liebre estaba persiguiendo a una mariposa con entusiasmo. Iba rauda sobre la hierba, saltando y con buenos ánimos. Mientras tanto, el lobo estaba rastreando el olor de un astuto zorro que intentaba esconderse de él. El lobo terminó encontrando al zorro escondido tras unos matorrales y, tras saltar sobre él para cazarlo, se dio cuenta de que había una trampa al lado suyo, en la que quedó atrapado. Así el zorro le dijo:

–Podrás ser más fuerte que yo, pero no has pensado que la fuerza no lo es todo. Ahora estás atrapado por una trampa y no podrás salir. Te dejaré ahí hasta que venga el cazador y te destripe para vender tu carne.

ELIZABETH IGLESIAS (3ºA ESO)

Pasó un rato y el lobo se lamentaba de su estupidez. Mientras tanto, la liebre oyó sus lamentos y se acercó hasta él con prudencia. Entonces le preguntó:

–¿Cómo es que el fuerte y poderoso lobo ha acabado en una trampa de humanos?

El lobo, molesto y orgulloso, le respondió:

–No estoy atrapado, en cualquier momento puedo sacar la pata e irme de aquí.

–Si tú lo dices… –respondió la liebre poco convencida. 

Después de esto, cayó la noche y el lobo tenía frío. Para empeorarlo aún más, algunos animales del bosque le habían dicho que el cazador estaba en camino y hoy vendría más pronto que nunca. Por este motivo, el lobo comenzó a sentir pánico y estaba bastante asustado. En ese momento, la liebre volvió a aparecer y le preguntó con poco convencimiento: 

–¿Seguro que puedes liberar la pata de esa trampa?

El lobo era muy orgulloso, pero como corría un inminente peligro, decidió decir la verdad:

–No, la verdad es que no puedo liberarla, pero no quería que se me viese como un animal débil.

La liebre lo entendió y llamó a un par de amigas suyas para que la ayudaran a liberarlo. Al final, el lobo consiguió liberar la pata y dió las gracias a la liebre:

–Te lo agradezco. Ahora podré volver a mi cueva y vivir un día más gracias a ti.

–No hace falta que me des las gracias, con que hayas aprendido la lección me basta –dijo la liebre.

Y sí, el lobo había aprendido a no menospreciar a nadie ni nada, por pequeño o indefenso que pareciese.

No te creas superior o mejor que lo demás, 
pues a menudo lo más pequeño nos da una lección de humildad.

Texto por DIEGO DEZA (2ºA ESO)
Ilustración por ELIZABETH IGLESIAS (3ºA ESO)

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