Desde la antigüedad, los griegos, egipcios y distintas civilizaciones interpretaron la Tierra como un ser. Esta creencia, con el paso del tiempo, quedó prácticamente en el más absoluto olvido… hasta ahora.

En 1969, el químico James Lovelock enunciaba La Teoría Gaia, en el cual da un enfoque sobre la Tierra en la que esta se interpreta como un sistema autoorganizado, es decir, un gran ecosistema el cual se autorregula para facilitar la supervivencia de los seres vivos en el entorno físico. Esta teoría abrió las puertas a una nueva línea de investigación, la cual se apoyaba en el pensamiento sistémico u holístico, al estudiar, no las partes, sino el todo en su más absoluto conjunto poniendo el foco en las relaciones entre dichas partes.

DIANA MARÍA GONZÁLEZ (4ºD ESO)

Se podría decir que el nacimiento de esta nueva teoría se descubre en el seno de una investigación de la NASA. El objetivo de esta era encontrar vida en Marte, para lo que ya se estaba construyendo un robot astromecánico que fuese capaz de explorar la superficie marciana y así hallar algún posible rastro de vida. Nuestro químico fue capaz de idear un método exponencialmente más fácil para determinar dicha cuestión. James Lovelock trabajó con el análisis de la atmósfera marciana y la actividad química que ésta pudiese contener, para así más tarde compararla con la terrestre. El resultado de este análisis fue el pronóstico de lo que más tarde el astromecánico se encontraría; a simple vista no se encontró rastro de vida alguna, pero ¿cómo pudo saberlo?

Lovelock comparó la atmósfera marciana con la terrestre y, como resultado, la atmósfera de Marte presentaba una gran estabilidad química en contraste con la terrestre, es decir, no se producía casi ninguna reacción química, lo que le hizo deducir que Marte no contenía vida y, en caso de que la tuviese, era infinitamente menor a la terrestre. Esta solución final a sus investigaciones plantó la semilla que, más tarde, James Lovelock y la bióloga estadounidense Lynn Margulis desarrollarían en la Teoría Gaia. 

Como se ha mencionado anteriormente, esta teoría describe a la Tierra como un sistema autoorganizado y autosuficiente. Esto al inicio puede resultar algo chocante, pero, para acercarnos más a este tema, expliquemos con el ejemplo propuesto por el propio químico: el planeta de las margaritas.

En este mundo, como bien dice el nombre, se observa que en él crecen dos tipos de margaritas; las blancas, las cuales reflejan el calor, y las margaritas negras, las cuales lo absorben. Nota aparte, la temperatura del planeta se mantendrá siempre estable. 

Ahora bien, como dichas flores negras absorben calor, serán las primeras en crecer al tener más temperatura en el ecuador del planeta. Cuando todas hayan florecido, esta zona será demasiado cálida para ellas, desplazándose a los trópicos, dejando atrás el perfecto lugar para aquellas que repelen el calor. Por consiguiente, las margaritas negras florecerán en los trópicos, calentándose, mientras que las blancas florecerán en el ecuador, haciendo este más frío. Como podréis observar de nuevo, el ciclo se vuelve a repetir, trasladándose las flores negras hacia zonas más frías como los polos, y las flores blancas moviéndose a zonas más cálidas como lo son ahora los trópicos. Y, siguiendo este ciclo, la población de flores negras disminuye exponencialmente al no tener un lugar donde estar, al ser los trópicos y el ecuador muy fríos, y las flores blancas a los polos. Después de esto, su población también disminuye, la temperatura del planeta se estabiliza, vuelven a florecer las flores negras, “y así hasta el aburrimiento”, como diría el Diablo de los Números.

Con este sencillo ejemplo, James Lovelock y Lynn Margulis explicaban la autorregulación que se da en la Tierra, pero de manera mucho más compleja en esta. Así pues, el planeta puede ser comparado con el anteriormente explicado, así exponiendo la adaptación física del  entorno para facilitar la supervivencia.

Por este mismo razonamiento, la Tierra también actúa como un sistema autorregulador cerrado, es decir, todo el conjunto de la tierra evoluciona entero; lo que permite una coexistencia que da lugar a la vida. La Gaia homeostática nos ayuda a comprender la estabilidad que se produce en un entorno con vida. Esta relación de equilibrio sorprendió a los geofísicos, interesándose por los ciclos geofísicos, abriendo una nueva línea de investigación para intentar explicar la adaptación del terreno a la supervivencia vital. 

Es por esto, que relacionamos todos estos aspectos de “Gaia”, interpretando así a la tierra como un sistema autosuficiente, autorregulador cerrado, el cual tiene la habilidad de contener vida, que a su vez esta se autorregula, en redes cada vez más y más pequeñas. 

Según esta teoría, el conjunto Gaia muestra que su autorregulación proviene de la autopoiesis. Esta, conseguida por la red de relaciones entre seres vivos, se puede ver claramente en el ejemplo expuesto por James Lovelock, con el planeta de las margaritas, donde la autopoiesis está íntimamente relacionada con la población de las florecillas blancas y negras.

Gracias a esta teoría, se ha abierto la puerta a un nuevo modo de entender nuestra realidad, es decir, como una gran red de redes, en la que los humanos solo somos una fina hebra. Es por esto por lo que podemos entender las cadenas alimenticias, no como que solo sobrevive el último depredador, sino que este es otro eslabón más de su cadena, que a su vez forma parte de otras cadenas más grandes. Debido a estas cadenas de relaciones, se producen lo que entendemos como propiedades emergentes. Por poner un ejemplo, pongamos el foco ahora en la anatomía. Sabemos que todo ser vivo está compuesto de células. Pues si bien no siempre es así, cuando se agrupan varias células de forma permanente, se forma un tejido (por ejemplo, tejido muscular). Si estos a su vez se juntan entre ellos, podrán formar músculos (como un bíceps, pero eso depende de su diferenciación). De momento, hemos podido apreciar, como al unirse diversos elementos, surgen nuevas propiedades. Cuando se juntan las células se crea un tejido con propiedades nuevas, y si estos se juntan, surgen nuevas propiedades, como la de contraerse o relajarse. Si seguimos juntando y juntando, se formarán nuevas propiedades emergentes y así hasta el aburrimiento, incluyendo al sistema Gaia.

Para concluir esta breve exposición, me gustaría citar el libro La trama de la vida, el cual deja una excelente enseñanza que resume todo este artículo: “Todos los miembros de un ecosistema están interconectados en una vasta red de relaciones que conforman la trama de la vida”


Texto por ESPERANZA PÉREZ (4ºD ESO)
Ilustración por DIANA MARÍA GONZÁLEZ (4ºD ESO)

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